Introducción.

La razón ha sido comprendida como el producto del avance evolutivo. Es una adquisición o una consecución desde y para la adaptación. Esto sólo lo es adquirido en la especie humana, la cual se ha establecido en el pináculo de la pirámide evolutiva. Desde esta perspectiva, la razón como aparato evolucionado del reino animal, se muestra como una herramienta similar a los colmillos y a las garras de aquellos seres salvajes. La razón es el mecanismo de defensa y de ataque del ser humano. Esta arma y escudo ha sido el estandarte por antonomasia, ella ha sido el máximo logro de la naturaleza. Con la razón se alcanza el punto diferenciador entre seres o, mejor, el punto de identidad que permite aclarar lo propiamente humano de lo que no lo es.

Esta visión naturalista de la razón y, quizás, malintencionada o simplemente producto de la mala fe, ha imperado a lo largo de la historia de occidente. La razón, rasgo esencial, desde su trono ha auspiciado las terribles y sangrientas guerras, las mayores traiciones, los oscuros sobornos y las más infames extorsiones, pero también ha auspiciado el tener que ser descoronado, ha experimentado el deber bajar del trono. Si la Ilustración fue un ensayo por endiosar la razón, el mundo de vida fue el laboratorio donde el ensayo se tornó en error. En efecto, el origen de la civilización, como conquista racional, no ha sido más que el escenario de actuaciones sanguinarias. Inclusive donde hay una ambientación pacífica se cuela el hambre y la pobreza, la enfermedad y la ansiedad. Schopenhauer tuvo razón cuando manifestó que la razón trajo más plagas a la humanidad que curas.

Ahora bien, el propósito de esta reflexión es reconocer que la razón no es el culmen evolutivo y, si lo es, no es el foco diferenciador. La razón es dependiente, ciega y precisa de un lazarillo. Si bien para muchos la razón es la guía, con ella se superan, se aclaran y se comprenden dificultades, también debe ser cierto que todo eso es posible sólo porque hay un motivante o, mejor, un chisquero. No se puede aclarar aquello que genera confusión, no se puede guiar aquello que no se desea, no se puede superar aquello que no se presenta como abismo. Desde esta óptica, la razón sí es un instrumento natural, sí es un producto de la evolución humana, pero no es el culmen ni el pináculo, es una herramienta para conseguir lo que el chisquero activa. Sin embargo, el comprender la razón como corona, cetro y trono no sólo conllevo a la idea de que el ser humano es lo mejor, sino que también, conllevó a pensar que cada individuo, que la sabe usar (nótese que no digo que la usa para el bien) es el mejor de la manada. En otras palabras, conllevó a reflexiones éticas completamente racionales, alterando la realidad moral.

Para lograr estas reflexiones, y quizás otras que van apareciendo por sí solas, iniciaré analizando el egoísmo de la razón. El cual ha permitido que exista una diferenciación ontológica harto peligrosa para la vida misma del ecosistema: planeta, otros y yo. En segundo lugar, intentaré evidenciar que dicha razón ha generado una egolatría que se encierra en sí misma, un movimiento donde el individuo gira en torno a sí mismo, sin cabida para lo demás. Por último, adoraré la dimensión propositiva de esta reflexión, a saber, la crítica que se puede hacer la razón misma, teniendo en cuenta sus limites y limitantes y la compasión como apertura para explicar el chisquero y el abandono del ego.

  1. El egoísmo de la razón.

La razón es un instrumento personal: quien mejor la use, será el alfa de la manada. Cuánta razón tuvo Descartes cuando advirtió que la bona mens es lo mejor repartido, haciendo énfasis en la equivalencia de cantidad que cada individuo posee. De allí que sus reglas para la dirección del espíritu sean reflexiones sobre el cómo aplicar eso que todos los individuos humanos comparten. Lo importante, entonces, no es la cantidad, sino la calidad de esa razón. Por esto, quien la sepa direccionar, será el mejor, el más fuerte. En efecto, el buen uso de la razón (entendiendo por bueno: eficacia y eficiencia) ha logrado conseguir los más altos progresos, los más altos logros. Entre ellos: la cultura, la ciencia y la tecnología.

En efecto, el Estado, como lo dirán los contractualistas surge -de una necesidad- racional de autopreservación. Hobbes pensando en el estado salvaje de todos contra todos, reconoce que sólo la razón es capaz de zanjar esa dificultad mediante un pacto abstracto: las leyes. Estas surgen de una racionalidad excepcional, universal, objetiva, clara y evidente. Sólo la razón puede enfrentar el problema de la justicia, sólo de la razón emana la civilización. Es claro que nadie quiere el Estado, pues ¿quién sacrificaría sus deseos, sus necesidades? ¿quién se limitaría para tener una vida más larga y duradera? Al parecer las respuestas serían negativas, nadie lo haría sin una pizca de razón.

De igual manera, la ciencia surge de la racionalidad humana. Sólo tenemos pruebas de que ella le interesa saber. Responder al por qué, al cómo y al qué, es una necesidad inherente del ser humano. Así lo aclaró Aristóteles con su famosísima y celebrada frase “todos los hombres desean por naturaleza saber”. Claramente desean y se sirven de la razón para alcanzar saciar esa necesidad. Pareciera entonces que a la pregunta ¿el ser humano desea saber porque es racional o es racional porque desea saber? Parece ser resuelta, al menos por Aristóteles, desde una perspectiva del deseo. En otras palabras, el deseo es el foco y el fondo, mientras que la razón es la luz y la superficie. Sin embargo, la ciencia olvidándose de sus orígenes psicológicos se instaura en un nuevo trono, como aquella que le da respuesta a todo, incluso a lo que nunca ha generado preguntas. La ciencia se enarbola como aquello que sólo el ser humano es capaz de producir o, inclusive peor, aquello que sólo unos cuantos individuos pueden producir. Pero la ciencia suele pasar por un buen chiste, aunque por lo general es uno malo. La ciencia es producto del deseo humano, está mediada por ambigüedades e intereses, surge de un campo caótico y general, es imposible que ella logre el orden y lo específico. Su progresismo, que no es más que reparaciones constantes, evidencia que la ciencia por sí misma elimina el trono racional, pues la razón sólo logra descubrir errores que pasa por ciertos y se demora un aproximado, en la actualidad, de cinco decenas de años para corregirlos.

Por último, la tecnología aparece como progreso humano, como mejoría de la existencia y, por lo tanto, como verdadera hija de la razón. La tecnología es aquella adolescente que va de la mano con su madre ciencia, pero que suele rebelársele, encerrarse en su cuarto sola y no cumplir con las normas que ella le da. La tecnología avanza y crece de maneras insospechables, de la rueda al cohete inter espacial, ha permitido que el ser humano experimente más que cualquier bebida que ofrece la ciencia. Sin embargo, la razón tecnológica no ha sido capaz de mirarse a sí misma, de confrontarse y generar un campo de autorreconocimiento, ya que sólo se auto felicita. La racionalidad tecnológica carece de crítica y, quizás, por ello se ha generado una sensación de aislamiento y abandono, la tecnología todo lo devora, incluso al individuo mismo quien ha perdido contacto, cercanía e incluso identidad. El individuo es un perfil virtual, no es un todo, solo un lado. El individuo es transatlántico, desenraizado, sin campo ni suelo. El individuo es digitalmente relacional, el lenguaje emana de los dedos, no de la voz.

Estos herederos de la razón son pruebas de que ella no está a la base, ni mucho menos de que sea lo identitario del ser humano. Sin embargo, la razón insiste en que es autosuficiente, ella es el motor de la humanidad y, por lo tanto, es el mayor avance de la naturaleza, porque ella es mucho más funcional que un par de garras o que unos filosos colmillos. La razón prueba que bajo sus mandatos se adquieren los fines propuestos de manera más ágil. Asimismo, ella se ensalza en sus logros pragmáticos, es decir, la razón es lo que es porque ha conseguido lo que ha querido. Desde este ámbito, todo lo creado, humanamente hablando, surge del pensar y no del desear. A lo largo de la historia se ha creído que la razón puede nublar el deseo. En otras palabras, la razón enmascara el deseo, lo oculta y lo maquilla. La razón se pregunta retóricamente ¿puede un deseo lograr algo sin mí?

Es claro, entonces, que la reina razón se ha alzado sobre el sentimiento. Ella es la clave del progreso, de la comunidad y del Estado, de la ciencia y de la tecnología. Reitero, la razón nubla al deseo, el cual es de cada individuo, para convertirse en totalidad. Sin embargo, la razón sólo es una herramienta o un instrumento individual. No hay eso llamado lógos universal, no hay una racionalidad totalizadora (ya hemos vivido totalitarismos y hemos de aprender de ellos para no repetirlos). Dios descansa en su tumba. Por esto es necesario filtrar a la razón para que se comprenda a sí misma, pues es innegable que el rol de la razón es ser reflexiva no proyectiva. Es decir, la razón tiene la capacidad de mirarse y transformarse, no como hemos querido creer (con el estado, la ciencia y la tecnología) que ella es la que mira afuera y transforma a fuera. En efecto, no logro comprender cómo la razón, por ejemplo, aclara al deseo, siendo éste lo más natural y puro que emana de la naturaleza.

El egoísmo de la razón surge, por virar su objetivo, el de ser reflexiva. Ella en su intento de proyectarse se ubica en su santo trono. Además, la razón es egoísta, porque no escucha nada que no sea un resultado de sí misma; ella es tirana en su propio reino. Pero más allá de ese trono, por todos los rincones del reino, está el deseo el cual es dueño de todo, reitero, él es lo más natural, se evidencia en todo proceso, en todo fenómeno, en todo momento e incluso, en todo pensamiento y decisión. El verdadero gobernante, aunque en las sombras, es el deseo.

No obstante ¿puede la razón ser, entonces, antinatural? Es claro que la naturaleza no da saltos, como dirá Aristóteles. Pero con la razón pareciera que sí o que tomo una vía pedregosa. Claro está que esta imagen es peligrosa, porque pareciera darle racionalidad a la naturaleza, como si ella supiera racionalmente qué hacer. La naturaleza en su devenir azaroso ha producido cambios asombrosos, como la madera, por ejemplo, cambios que los racionales suponen eran necesarios y hasta obvios, pero que otros percibimos como maravillosos y escasos. Agradezco completamente al azar permitir la evolución vital al punto de conocer los árboles… ¿en cuántas galaxias no existirán las plantas ni los árboles? Pero retomando, si la razón fuese un producto natural, no se auto referenciaría como distinta a ella. Es claro que la razón, al menos epistemológicamente, ha hecho un intento por objetivar, es decir, por salirse del plano natural, para mirar desde afuera la naturaleza: ella no es natural, porque no se siente en casa. Debe salir para conocer. Sin embargo, el salir del plano la ha llevado a la peor consecuencia ética posible, a saber, la dominatriz, la dueña y señora de la naturaleza. ¿Cómo puede ser natural aquello que no se siente a sí misma natural, sino que la busca domesticar?

Además, sólo a la razón se le ocurre abstraer y universalizar, es decir, cobijar y desdibujar lo particular, lo individualmente logrado por la naturaleza, para absorberlo y convertirlo en una unicidad exclusiva. Por ejemplo, la humanidad. Ella está sobrevalorada, porque realmente no hay humanos ni humanidad, sólo hay vida. La razón es la única en dislocarse de la vida al pensar que la supedita, la gobierna, la conoce y la descifra. Si la razón no ha podido conocer a la vida es porque aquella es contraria a ésta. Pareciera que, para la vida, la razón es desechable e innecesaria. Esto lo prueba la cantidad de individuos vivos que existen en el planeta tierra que no manifiestan racionalidad. Se debe recordar que los “seres humanos” sólo representan el 0.01% de la biomasa total del planeta. Sin embargo, algo tan ínfimo, genera tanto impacto y daño, que asusta pensar que la razón es natural. No deja de ser curioso el hecho de que para la vida no hay EGO, pero sólo en la razón cabe el YO. No obstante, este Yo es difuso y borroso, inclusive, plural como si se resistiera a permanecer, esto evidencia la resistencia del Yo en el plano de lo vivo. Desde esta óptica la razón es egoísta al creerse la dueña de todo. Pero inmediatamente surge otro interrogante ¿el egoísmo es racional o es natural?

  • La razón del egoísmo.

He intentado probar que la razón es antinatural, que no es la cúspide de la evolución, es más que es un error en el proceso natural. Esto permite inferir que el egoísmo, en sí mismo, sólo es producto de la racionalidad y, por lo tanto, es antinatural. Sin embargo, podemos pensar en que cada individuo vivo presenta una fuerza egoísta en cuanto a deseo de vivir, es decir, en su lucha por sobrevivir todo lo vivo es egoísta. Pero esta realidad interpela a reflexionar sobre el sentido del egoísmo. Si en el capítulo anterior se reconoció el egoísmo de la razón en cuanto al olvido del deseo, por un lado, y al interés de dominio, por otro. Se podría recalcar, entonces, que el egoísmo no es más que egocentrismo, es decir, girar entorno a sí desvinculado de todo lo demás esforzándose, además, por poseerlo todo.

Este matiz conceptual es importante, porque la lucha por la sobrevivencia no sería egoísmo, sería individualismo, es decir, el reconocimiento irracional del valor de la propia vida. Este individualismo ha llevado a los máximos logros cooperativistas de la historia, no sólo humana, sino también animal. Lobos y osos cazando juntos, lo cual es racionalmente imposible, es la prueba de que el interés de sobrevivir implica la relación con otro que, en este caso, busca el mismo objetivo. En el 2015 se presentó esta novedad, dos animales sin conexión alguna, vinculados para cazar. La ciencia no logra dar con los motivos, claramente, porque no son racionales, son irracionales, provienen del deseo de cada individuo por subsistir.

En el caso humano el límite es mucha más difuso, porque hay acciones que emanan de la irracionalidad, es decir, del deseo de vivir; pero también hay acciones que emana de la racionalidad, es decir, del opacar al otro y dominarlo para seguir viviendo. Ambos, similares mas no idénticos, sólo son diferenciados por cada individuo que reconoce en sí mismo el móvil de su acción. Actuar por justicia, normas, deberes, principios y reglas, sólo es actuar racionalmente. Por el contrario, actuar de manera cuidadosa, acompañando, escuchando, sintiendo con el otro, es actuar irracionalmente. Ambos, pueden llegar a la ejecutar la misma acción, es decir, el mismo gesto con el mismo ademán e incluso con la misma palabra, pero el móvil viene de cepas diferentes, uno de una raíz artificial y el otro de una raíz natural.

Teniendo claro que el egoísmo -egocentrismo- es diferente al individualismo. Se hace mucho más sencillo demostrar que aquel es antinatural y que, además, sólo surge en el plano de la racionalidad. Es decir, sólo el ser humano es egoísta. Ningún otro ser vivo alcanza ese nivel, por el contrario, sólo actúa naturalmente, incluso si esto significa devorar, triturar y engullir a otro ser. Schopenhauer dejó las cosas claras: la vida consume vida. Bajo este eslogan, y con el temor que genera, la mayoría de las personas apuesta por la razón: “al menos ella nos protege de que otras vidas nos devoren”. Pero cuán equivocados están, porque la razón sólo especializa el proceso de devoración. El estado, la ciencia, la tecnología ha logrado, lo que ha logrado, porque ha eliminado (o en sus términos superado) otros factores esenciales e incluso hasta naturales. La religiosidad, el trabajo, la sencillez, la virtud, etc., son superaciones racionales. Pero también el conocimiento popular, el conocimiento astral, la forma de vida de los llamados -racionalmente- salvajes, todo esto, reitero, ha sido eliminado por la razón. La libertad, incluso, ha sido secuestrada por una razón que le a alarga la traílla para luego volver a apretársela. Por la razón de seguridad se han financiado tecnologías de control y vigilancia, instituciones de formación y de reclusión, discursos de odio y de dominio. Por la razón, repito, se ha generado un egoísmo exacerbado que se ha anquilosado en la existencia particular de cada individuo humanoide.

Además, el egoísmo se justifica, no sólo desde la seguridad, sino también desde la promesa de la tranquilidad o de la felicidad. ¿Cuántas terapias no prometen mejorar el estado vital mediante el uso de la razón? ¿Cuántas psicoterapias no proponen que lo primero es el yo por encima de cualquier otra cosa con el fin de que el paciente justifique su situación? En una época donde no hay suelo, donde lo antinatural se muestra tan patente que agobia, la razón insiste en mantenerse como la rectora y la médica de la vida. La psicología y la psiquiatría juegan con sus racionalidades, dejando de lado, la base natural del individuo, su verdadero deseo. Deseo, que debo expresar, en un intento de aclarar, se racionaliza, al punto de nublarlo. La vida feliz no es vivir bajo principios. No se trata de tener la regla X y vivir bajo ella, se trata de vivir y luego extraer la personal regla X. No hay reglas a priori, primero está el deseo y luego la acción, no viceversa.

Kant, para ser sincero consigo mismo, debió reconocer que ni la razón pura conoce con certeza ni motiva a la acción puesto que, en la vida, tal como lo dirá Descartes, las decisiones no esperan para ser tomadas. El tren de la vida se aborda cuando pasa, no se racionaliza si se toma o no. Racionalizarlo, incluso, es un factor de desasosiego y melancolía. ¿Cuántas oportunidades tuve para… pero por racionalizarlo no las aproveché? Aclaro que racionalizar, no hace referencia a la reflexividad a la que está llamada, sino a la proyectividad que se ve obligada a ejecutar. Racionalizar una acción es tomar en consideración su eficacia y su eficiencia, es decir, lo que se logra afuera con ella; no lo que se transmuta adentro con ella.

Por último, el egoísmo se justifica desde una postura ontológica fraudulenta, a saber, sólo el ser racional tiene derecho a… ¿cuántas vidas ha cobrado esta creencia racional? Aprovecho para hacer notar que aquello que llamamos verdad es, realmente, una creencia racional. Pero retomando, los privilegios que se ha dado la razón a sí misma y que, incluso, se premien, se feliciten o, peor aún, se sirvan de ellos para excluir, para diferenciar, etc., son la prueba final de un egoísmo insano. Las guerras, por lo que sean que surjan, son racionales: petróleo, dinero, territorio, etc., no son deseos naturales, son nubazones del deseo mediante la razón. La patria, la nación, la bandera, la frontera, sólo son formas de abstraer y universalizar, lo que nunca pidió ser tal cosa: el otro, el amigo, la intimidad. También, el hecho de permitir costumbres, tauromaquia, por ejemplo, evidencia la irreverencia de la razón al auto dotarse de privilegios.  Es más, esto avanzó tanto que aquellos que estaban en contra de la torería pasaron a ser ignorantes y carentes de civilización. ¿Hasta dónde has llegado razón? El punto culmen está en la capacidad de aprovecharse del otro “igual”, es decir, de otro ser racional. Mentir, engañar, torturar, violar, asesinar, no por el individualismo natural, sino por el egoísmo racional. Ese es el límite infernal del egoísmo. Justificar estas acciones por modas, hábitos, ideas e incluso ciencia: allí está el humano. La razón del egoísmo queda pues clara: una vida antinatural desconectada e hiper racionalizada.

  • La crítica y la compasión. Las vías naturales

El deseo se ha manifestado a lo largo de la reflexión como el titiritero que mueve las cuerdas. El deseo está por doquier en el plano vivo. El deseo es quien permite reconocer que el objetivo no es responder ¿qué diferencia hay entre humanos y animales? Sino ¿qué comparten los seres vivos? La pregunta cambia y, por lo tanto, también la respuesta. Responder es ante todo responsabilizarse por lo dicho, lo pensado decidirse a estar de acuerdo con eso. Toda respuesta, por muy científica que sea, es ética. Desde este ámbito surge la verdadera función de la razón como salto evolutivo en la naturaleza, a saber, la crítica.

La crítica hace referencia al verdadero rol de la razón: la reflexión. El volver sobre sí, el mirarse a sí misma, el auto contemplarse es un logro racional, pocas veces usado, pero altamente necesario. Creo, al igual que Schopenhauer, que la razón es el deseo de la naturaleza por saber de sí misma, puesto que sólo mediante la racionalidad se logra superar el prejuicio, la suposición, etc. Sin embargo, ¿cuántas ciencias sin critica se exaltan manifestando saberes? La crítica, además, es negativa, como lo reconocieron los teóricos críticos, pero sólo en cuanto es capaz de mencionar lo antinatural, es decir, en cuanto comprende que sí misma es adversa y contraria con el plano vital. Por esto, criticar que en el capitalismo se sostiene la desigualdad, no es criticar la irracionalidad del dominio capitalista, es criticar el logro antinatural de la racionalidad capitalista.

La crítica es fundamental para limitar a la razón, para encuadrarla y reencuadrarla en el plano de la vida. Es claro que la razón es un instrumento personal y que cada uno la usará para su individualismo, pero también para su vida. Mantener esa función es el objetivo de la crítica. Allí donde surja la intención de engañar, herir, violar, torturar, excluir, etc., porque hay una idea, una ciencia, una ley, o un Dios (o lo que sea que sirva de avatar de la razón) que lo justifique, ha de ser refrenada por la crítica. Por esto, la razón como instrumento natural es igual a la garra o al colmillo, porque se ha de usar sólo allí donde la individualidad está en crisis, contrario al uso masivo, terrorista y universal que se hace de ella. La crítica frena el universalismo y ordena el uso singular e individual de la razón. Qué curioso que un león no mata a toda su manada para subsistir, pero el ser humano racionalmente mata a toda una nación para progresar. Por lo tanto, allí donde hay razón, debe haber crítica, debe haber la posibilidad de retornar a la naturalidad.

Cuando la crítica calla a la razón, resurge el deseo, lo natural en cada ser vivo. En el ser humano el deseo, muchas veces nublado por la razón, pasa desapercibido o, peor aún, silenciado. De allí que todas las actuaciones que surgen del deseo sean tildadas como irracionales. Un individuo que dona todas sus riquezas a causas diversas y luego pasa a vivir en la mayor sencillez posible, es un irracional, que se ha perdido del norte del éxito y de todos los logros y triunfos que podía conseguir con su razón. Lo irracional aquí, eliminar los elementos racionales de la vida, es el máximo logro de naturalizarse nuevamente. La persona que llora con otra, por una situación específicamente problemática para una de ellas, pero que en nada debería alterar a la otra, también es irracional. ¡Cuántas lagrimas compasivas no han caído en el enjuiciamiento racional! Llorar con el otro, esa acción de acompañar, sin expresar ni modular nada, es decir, esa actividad tan pasiva, se ve tan irracional que asusta a cualquier racionalidad. Pero ¡cuán aliviado se siente aquél acompañado por las lagrimas del otro! No se precisa de la razón del otro, no se precisa del consejo racionalizado, se interpela al acompañamiento, al cuidado, al estar, es decir, a vincular deseos. 

Es innegable que la postura de Gilligan es una reconexión moral con la naturaleza, puesto que la ética del cuidado recuerda eliminar los principios abstractos-racionales de normas e imperativos, para mejor actuar bajo emocionalidades compasivas. La naturaleza es compasiva con toda la biomasa, a cada uno le dios los instrumentos necesarios para mantener su individuación y a cada uno le dio de otros seres vivos para vivir, claramente, pero para cuidarse también. No es el momento de explorar una ética del cuidado ecológico, pero está claro que sólo bajo la irracionalidad se alcanzará una entrega absoluta al plano vivo.

La compasión como actuación ética es inabarcable e inefable, surge allí donde la razón calla. El cuerpo se mueve solo, las palabras se emiten sin pensar (racionalmente), los gestos se ejecutan automáticamente. La compasión es la naturaleza hablando en cada uno de nosotros. Sólo la compasión puede corregir aquel error natural: el nacimiento de la razón.

Por Carlos Santamaría

Pensador que con sus ensayos y errores intenta conocerse.

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