Hablar de Unidad suele referirse a unicidad. Si bien por unidad también se puede connotar complementariedad, filosóficamente pareciera primar la idea del único ser. Ambas son dos ideas diferentes, mientras que la unicidad hace énfasis en el uno original, la complementariedad a la diversidad que permite que se comprenda al uno. Por hoy quisiera ahondar la primera acepción.
Esta idea ha estado rondando por milenios en la historia del pensamiento, incluso sus detractores, los reconocidos pluralistas, deben cargarla por un tiempo, tanto para criticarla, como para proponer su postura. Hablar de variedad de seres es, en sentido estricto, mirar desde el horizonte de la complementariedad: todo lo que es resulta ser un conglomerado y, quizás, ese conglomerado es la unidad.
Incluso la religión, con su monoteísmo y panteísmo hasta la ciencia con el átomo o la energía ha expresado y defendido con dientes y garras la idea de la unidad como unicidad. ¿Acaso no somos, todos átomos? O ¿acaso no vibra en todos, y todo lo existente, la energía primigenia universal? O ¿acaso no reposa en cada ser creado la huella dactilar del creador? Cada una de estas ideas han aseverado la inevitable sensación de unicidad del Ser.
Por Ser entiendo la esencia de la totalidad de lo existente, la condición de posibilidad de lo existente. En últimas, la tan anhelada primera causa filosófica, lo que subyace en todo y retumba en todo. Sin embargo, ni Dios ni átomo ni energía se llevan hasta las últimas consecuencias.
La primera sería reconocer que el Ser (lo que es) se muestra de muchas maneras en lo inorgánico y en lo orgánico. Este mostrar o expresar-se es evidente: la materialidad, corporalidad, atomicidad o como se le llame es la cara “que el sentido común” recibe como manifestación de lo que es. En efecto, todo ser se muestra y, para lograrlo, precisa de materia.
Este mostrar, por lo tanto, es reflexivo ya que la segunda consecuencia implica que el Ser (lo que es) aparece diferenciado para el ser humano. En otras palabras, sólo el hombre y la mujer en tanto sapiens se preguntan por el Ser. Esta inquietud natural del ser humano cosifica al Ser, puesto que el sapiens sin presenciar el reflejo patente del Ser en sí mismo, lo busca fuera de sí. Esta objetivación, es decir, este proceso de no verse (el Ser) en sí, sino buscarlo afuera, lo llamo excentricidad del ser. En efecto, el Ser, alcanza en la humanidad la posibilidad de reconocerse, aunque no lo logra en la mayoría de las gentes. Y en aquellos quienes han presenciado una tenue luz del Ser en sí mismos, han desvariado en la manera de acceder a la luz completa. Curiosamente han postulado que conociéndose a sí mismos, al ser humano, se está conociendo al Ser (lo que es) en sí mismo. Y aunque en cierta parte tenga razón, esta idea modifica la manera de acceder a la unicidad, pues postula que desde la complementariedad se alcanza a percibir la unidad.
¿Conocer al ser humano es conocer al ser? ¿el ser humano descentralizado del ser es la mejor vía para llegar al núcleo? Cuántas abstracciones no ha conllevado esta ruta investigativa. Conocer la sociedad, la cultura, el lenguaje, todo lo que ha producido el ser humano, gritan excitados ¡ahí está el ser! Ahora bien, el Ser (sea lo que sea) como unicidad, para poder ser comprendido implicaría el conocimiento de las formas, es decir de la totalidad de expresiones, o como decía sabiamente Platón para acceder a la realidad se han de conocer las Ideas.
Asimismo, si llegase el caso en que las ciencias sociales y humanas conocieran al ser humano, se inferiría fácilmente que todo lo que acaece humanamente o son expresiones excéntricas o son expresiones del Ser cuya visibilidad le queda vetada a los hombres y a las mujeres sapiens. Por lo tanto, no hay un conocimiento verdadero de qué es el Ser y no hay una verdadera forma humana de ser.
Pero aquí es necesario hacer una pausa y mencionar que esto es una tercera consecuencia: que no haya una forma de ser verdadera significa, dentro de la excentricidad del ser, que ninguna cultura o lenguaje o sociedad o gobierno político es la vía apropiada para acceder a la unicidad. Ningún producto humano, racional y abstracto, indica el camino para llegar al Ser. Por el contrario, la excentricidad humana difumina muchísimo más al Ser… es comprensible lo que sigue: para reflejar un poco, sólo un poco, al Ser se precisaría contemplar el universo entero.
