Introducción:

Lo público se presenta como lo cotidiano, pero a la vez, como lo avalado y aprobado por los otros. Desde esta postura, para que algo sea público implica el reconocimiento de algún otro. Se necesitan dos o más para que lo público esté en medio de ellos. Sin embargo, el otro sigue siendo una pieza importante en el eslabón de lo privado, es decir, en aquello que se presenta como propio de uno. En efecto, para que algo sea particularmente de uno, se precisa de un yo que es el dueño, pero también del otro que lo reconoce como poseedor. No obstante, la intimidad, lo netamente específico, carece del otro para presentarse: lo íntimo sólo requiere al uno. Estas tres características, lo público, lo privado y lo íntimo están por doquier, en el campo político, social, económico, cultural, etc. Pero ¿también aparecen en el ámbito gnoseológico? ¿es posible conocer públicamente pero no íntimamente?

Es cierto que la familiaridad suele desprender el interés por conocer. Justamente, transitar a diario el mismo camino logrará que se desdibuje y se decolore todo aquel paisaje que antes se contemplaba. Quizás por esta razón el conocimiento no es una bebida que sacie la sed, porque no hay ninguna sed que saciar. Si bien lo público se torna habitual, increíblemente, lo íntimo se difumina en la familiaridad. ¿Cuánto asombro se requiere para tener sed? Este es un interrogante que cada uno ha de vivenciar. Por lo pronto, abordar las tres características de la familiaridad será un paso, quizás no gigante, pero sí seguro para asombrarse.

Lo público, lo privado y lo íntimo desbordan el ámbito económico-político. El primer pensamiento que surge al respecto es el asunto de la propiedad, sea material o espiritual. Sin embargo, la propiedad, en sí misma, es problemática, ya que se suponen varias situaciones: la primera hace referencia a un sujeto propietario, la segunda, hace referencia a un algo apropiado y la tercera, no menos importante, hace referencia a la posibilidad de hacerlo propio. Estas tres suposiciones, en sí mismas, ya son propiedad, porque se afirma que hay un Yo (propiedad de sí), que se apropia de algo que no es él mismo (propiedad en sí) a través de la apropiación metódica, sea racional, física o de otra índole (propiedad para sí). Estos tres tipos superan, con creces, el ámbito económico-político.

Por el contrario, lo público, lo privado y lo íntimo se anclan en la dimensión gnoseológica. En efecto, las tres son formas de SER. Este concepto, aunque trillado, emerge constantemente en aquellos quienes sentimos la unidad de la totalidad. Así pues, con fines didácticos, cuando hablamos de conocerme y conocerse, por ejemplo, se manifiesta una relación, pero al mismo tiempo una brecha. Si bien, ambas reconocen un SER, sólo la primera opción reconoce un sí mismo. Nuevamente me gustaría ensayar la idea del ser como red relacional, el ser es la correlación de sí mismo desde diferentes enfoques, a saber, desde una repulsión y una atracción. No obstante, el sí mismo es una afirmación (existencial) y, por lo tanto, también relacional. Esto se hace evidente cuando hay un Yo que se da cuenta de sí mismo: no como autoconsciencia epistemológica, sino como autenticidad metafísica.

Para poder aclarar estas disrupciones, iniciaré con el sentimiento como método de conocimiento. En segundo lugar, abordaré lo público, lo privado y lo íntimo desde un enfoque epistemológico. Por último, me esforzaré por diferenciar el conocimiento público del conocimiento íntimo.

  1. El sentimiento como método de conocimiento.

Conocer es un proceso relacional que representa el vaivén de repulsión y atracción. Normalmente se reconoce al sujeto cognoscente y al objeto conocido como si fuesen dualidades distintas, aunque pocos logran reconocer la unidad subyacente. De estos pocos, hay una minoría que sostienen que la unidad sólo es intuida o, mejor, sentida.

Generalmente, se suele pensar en Pascal y su intuición del corazón. A decir verdad, Pascal buscaba fortalecer el conocimiento religioso el cual no es accesible mediante la razón pura. Se precisa de circunstancias emocionales para corroborar las verdades de fe. También, suele aparecer Hume y su hegemonía del sentimiento frente a la razón. Para este filósofo cualquier determinación o deliberación fue precedida por un conglomerado de sentimientos que motivan, impulsan y jalonan dicha decisión.  Además, entrará en escena Scheler y el sentimiento como conocimiento axiológico, puesto que lo que vale, más que medirse bajo criterios racionalizados, se explica bajo factores emocionales. Incluso, suele aparecer la filósofa Nussbaum con su aporte sobre el rol cognoscitivo de las emociones en el campo de la moralidad. En efecto, ofrecer un juicio ético, si tal es correcto o incorrecto, emana del sentimiento más que de la razón, pues la emoción precede a la racionalidad.

Sin embargo, será Schopenhauer quien ahondará en el sentimiento como método de conocimiento. Para este filósofo el sentimiento es el núcleo de la gnoseología, pues permite trascender el fenómeno desde otra perspectiva, desde otro foco. En mis palabras, el sentimiento schopenhaueriano recibe al objeto con otra lógica, diferente al organon racional aristotélico. Aunque para ser exactos, más que otra lógica, se percibe con alogicidad: aquí no cabe el concepto preciso, ni la categoría aclaratoria, mucho menos el silogismo probatorio. Con el sentimiento, incluso, no se percibe, se recibe. En otras palabras, el sentimiento cobija al objeto, lo reunifica, lo siente como sí mismo.

Desde esta perspectiva se des-objetiviza al fenómeno, se sujeta a tal punto de retomar la unidad fundamental de la gnoseología. Reitero, la lógica racional repulsa al fenómeno, lo des-ubica al punto de hacerlo un extraño: implica el uso de categorías y conceptos para abarcarlo. Por el contrario, el sentimiento acaece inmediatamente, recupera en un parpadeo la distancia ejecutada por la racionalidad. El sentimiento atrae.

Ahora bien, el conocimiento repulsivo y el atractivo representan la tensión entre el conocimiento racional y el conocimiento sentimental. Se suplementan el uno con el otro, aunque, lastimosamente, la mayoría de veces pareciera priorizarse al primero. La ciencia, por ejemplo, es un fiel reflejo de distanciar-se del mundo. Por el contrario, el arte es uno de los intentos de acercar-se al mundo. En efecto, la sociología de la guerra o, incluso la historia, aleja al fenómeno al punto de despersonalizar lo ocurrido. Por el contrario, la Guernica atrapa la emotividad de la guerra, lo desgarrador y aturdidor del sufrimiento bélico. Si bien ambas ofrecen visiones esenciales, sólo una cobija lo específico. Así pues, surge la necesidad de fundamentar epistemológicamente al sentimiento.

  1. Epistemología del sentimiento.

La verdad se ha entendido de muchas maneras: como aletheia (develar) o quitar el velo que tapa, esconde o camufla. También, como parresia y la sinceridad de expresar a pesar de ir en contra de los discursos hegemónicos. Por otro lado, la verdad se ha entendido como revelación, es decir, don externo, milagroso y altamente espiritual. Incluso, la verdad se ha considerado como la correspondencia entre lo que se dice y lo que sucede; como la claridad y la distinción; como la subjetividad misma, etc.  Desde esta perspectiva nada más verdadero que la pluralidad de la verdad. No hay ciencia que se acomode a una única verdad. Sin embargo, el arte y el misticismo parecieran mostrar otro tipo de verdad.

Ciencias exactas, naturales y sociales bailan al son de diferentes corrientes epistemológicas, pero el arte y el misticismo no ceden ante una corriente, ante una categoría.

La verdad es sentida, no racionalizada.

La verdad es vivida, no expresable.

La verdad es inmediata, no mediata.

La verdad es recibida, no revelada.

El hecho de que la verdad no se crea en un laboratorio ni se ajuste a un conglomerado discursivo es la prueba, si es que se le puede llamar así, de que la verdad repulsiva, científica, sólo es un eslabón de la verdadera verdad.

Por el contrario, la verdad atractiva identifica al sujeto o, mejor, lo unifica al punto de generar una familiaridad que, normalmente, evade el recibimiento del objeto. Si bien he de aclarar que conceptualizar la verdad sentimental es una contradicción en sí misma, será necesario el uso de conceptos para acercar la experiencia del sentimiento como recogimiento de la verdad.

La unidad, que epistemológicamente se ha pensado como la unión de sujeto-objeto, es “representada” por el sentimiento como identidad. Aquellas categorías se anulan, pues no se siente al sujeto y no se siente al objeto: se siente lo uno y lo mismo. Ahora bien, dicha unidad se fragmenta en cada sentimiento, esta repulsión responde a la naturaleza del conocimiento, pero dicha división se supera a sí misma, en cada absorción sentimental. Me explico, el conocimiento sentimental aparece como una fractura que se sana inmediatamente. Por ejemplo, el arte fragmenta la unidad para superarse a sí misma en una contemplación provisional de la misma. Incluso en la pedagogía es sencillo captar esta verdad sentimental: un joven en formación, aprende cuando presenta un quiebre cognitivo, con el objetivo de reforzar el mismo vínculo cognitivo. Así, cuando se aprende algo de verdad, significa que algo se desprende para unirse nuevamente.

Con base en lo anterior, se infiere que el sentimiento ofrece la verdadera verdad, ya que está a la apertura, pero al mismo tiempo al hermetismo unitario. Es innegable que todo fenómeno externo se internaliza al punto de superar el lenguaje racional, el análisis y la síntesis. El fenómeno se transforma en Uno, sintiendo lo real y lo verdadero. Lastimosamente, la familiaridad no permitirá que la mayoría de nosotros disfrutemos de la verdadera verdad. Desde este enfoque, se hace necesario des-familiarizar lo íntimo.

  • Lo público, lo privado y lo íntimo.

En el campo del conocimiento lo público se traduce en lo científico. Si bien pareciera que el sentido común o el saber popular fueran el estandarte de lo público, realmente ellos pertenecen al campo privado. Vivimos la época donde lo comprobado científicamente pesa más que lo comprendido “naturalmente”. Así, la física cuántica emite verdades que no son intuidas, sólo abstractas, pero científicamente comprobadas. En efecto no se puede intuir que, si ubicara un espejo a cierta distancia de años luz del planeta, dicho espejo reflejaría una imagen de otro tiempo del planeta. Esto sólo se comprende en la abstracción.

No obstante, el saber científico es el saber público por la simple razón de que es aceptado por la mayoría. No necesariamente es un saber democrático, para aquellos que piensan políticamente, simplemente es una mayoría, dentro de la comunidad científica, que avalan dichos saberes. El pueblo, preocupado por otras circunstancias, valida a la comunidad científica. En otras palabras, el saber proviene de la ciencia. Esta es la primera familiaridad: si las estadísticas y los estudios científicos lo concluyen, entonces, es verdad.

Desde esta perspectiva, lo público se desprende del sujeto, puesto que no interesa, ni un ápice, saber si la verdad pública es la verdad. Aclaro, sí interesa que exista la comunidad científica buscando, explorando y concluyendo; sin embargo, no es de suma preocupación el tipo de conocimiento que ella emite.  Inclusive la ciencia se vive como el máximo logro de la especie humana: la verdad es lo que es, porque la ciencia es la que es. Estamos orgullosos de la ciencia humana. El saber público, así, es la ciencia reconocida por todos.

Ahora bien, el factor privado del conocimiento, aquello que se vincula a un propietario sólo se refleja en el sentido común o en el saber popular. Claramente en ambos aparece un apoderado de un algo y, sólo allí, aparece otro que reconoce que ese algo es sólo de aquellos. Me explico, los saberes étnicos son propios de sus tribus y nosotros quienes estamos por fuera de dichas fronteras (territoriales y epistemológicas) reconocemos dicho “conocimiento”[1] como propios de esas comunidades. De igual manera el sentido común representa el factor privado, puesto que reconoce parámetros y criterios que sólo los individuos humanos poseen para solucionar conflictos y tomar decisiones, dicho sentido sólo es humano, puesto que los demás seres no-sapiens carecen de dicho sentido. Claramente que la derecha y la izquierda se den por sentido común, sólo responde a la comunidad humana, pues en ningún otro ámbito, físico, químico, etc., existen tales disposiciones. Sólo otro humano sabrá cuando ha de voltear a su derecha o a su izquierda por petición de otro.

Desde esta perspectiva, la medicina (pública) natural (privada) que se centra en el uso ritual de plantas para sanar, sólo funciona (pertenece) a dichas comunidades que comparten dicha verdad. Para la antropología (pública) el hecho de que ciertos rituales curen (privado), es prueba y evidencia del poder cultural sobre la individualidad. No obstante, pareciera ser que epistemológicamente la relación privada del conocimiento implica una posición diferenciada de experimentarlo. 

Ambos campos epistemológicos se difuminan en lo íntimo, allí donde la verdad no radica en la acreditación de otro, sino en la identidad autentica. Por ejemplo, estar enamorado es una verdad intima, no precisa de alguien que reconozca dicho estado. En efecto el amado naturalmente no sabe, ni se entera, del amante; es más a veces ni el Yo sabe que está dominado por dicha pasión. Y aunque es interesante preguntarse ¿quién se enamora: yo o un otro-yo?, la finalidad de este marco epistemológico sería superado. Dejando esto para otras reflexiones, es claro que la intimidad, el reconocimiento de que tú eres yo, la sensación de que soy animal, la experiencia de que soy uno con el universo o, como lo llamaban los religiosos, el imago Dei, sólo se comprende desde la intimidad.

Se debe aclarar que el campo íntimo, el sentimiento que encuentra la verdad, la cobija, la encarna, es, también, una sensación, quizás roza la certeza cartesiana, sentimiento irracional contrario a su sistema; la cual se apercibe tan clara y distinta a cambio de las certezas científicas que implican abstracciones, razonamientos, lógicas y galimatías cognitivas. El arte, como se mencionaba anteriormente, es el campo de la intimidad por antonomasia. Por ejemplo, en la Muchacha cosiendo de Pierre-Auguste Renoir se plasma la identidad de las flores y la muchacha: la vida siendo una, la creación siendo una, los individuos sin individualidad.

De igual manera el misticismo: su lenguaje, su experiencia, su realidad es íntimo. Para el maestro Eckhart, por ejemplo, cuando expresa que “el ojo con el que veo a Dios es el mismo ojo con el que Dios me ve” es la manera de hacer lenguaje, suyo y sólo suyo, su verdad intima. El Yo-dios que se ve internamente viendo hacia afuera, es el mismo Eckhart sintiendo la verdadera verdad.

Incluso el campo íntimo, en sí mismo, delata la identidad universal, a veces lo público accede a dicha intimidad, pero inmediatamente la camufla: el ser humano es polvo de estrellas, el ser humano no es una especie, no es el pináculo de la naturaleza. Ideas científicas que, reitero, suelen ser camufladas inmediatamente por la comunidad científica para no perder su publicidad. No hay comprador si se le difama o si se le humilla. La ciencia vende y le da la razón al cliente.

  • De lo público a lo íntimo.

La verdad siempre ha estado allí, no ha precisado revelación ni demostración, sólo silencio. Ni religión ni ciencia, ni cultura ni tecnología. No requiere sujeto ni objeto. La verdad es. Sin intención de llegar a una metafísica se puede expresar que, al surgir la vida, surgió la verdad. Sólo el ser humano, ser vivo hipócrita, ha intentado apoderarse de lo que no es suyo e incluso ha intentando mostrar lo que cree que es suyo. El ser humano es el único ser que se escinde de sus cohabitantes, creyéndose diferente de sus semejantes. El colmo está en el hecho de pensarse por encima de sus prójimos los animales y las plantas. La vida está en el núcleo, pero el ser humano se visualiza como el único vital.

Es desde esta actitud ontológica que el ser humano ha generado una epistemología egocéntrica. Protágoras lo mencionó excelentemente con su famosa “el hombre es la medida de todas las cosas: de las que son y de las que no son”. En efecto, la verdad ha girado en torno al ser humano, nunca el ser humano en torno a la verdad. Los posmodernos creyeron que dijeron algo nuevo cuando reconocieron la muerte de los meta-relatos, pero el relativismo y/o nihilismo sofístico lo había previsto. Me explico, la verdad humana es demasiado humana, ¿cuánta verdad se pierde en la búsqueda de la verdad científica? En efecto, la ciencia, verdad institucionalizada, pública, responde, como se mencionó anteriormente, a modelos, métodos, técnicas, lógicas, categorías y conceptos que son venerados, aceptados y creídos con fe de erratas, ante sus conocimientos.

No contentos con la verdad pública, porque al final se percibe su pestilencia, se crea y se cree el conocimiento privado. Bajo la sensación de que la verdad no ha de ser comprobada o experimentalmente ensayada, se acepta el sentido común o el conocimiento étnico, a veces como más verdadero y otras veces, simplemente como el “otro” conocimiento. Por esta razón, lo privado media entre lo atractivo y lo repulsivo, porque cede al reconocimiento del otro, pero presiente lo innecesario de esto.

 Sólo pocos reconocen la epistemología del sentimiento, lo íntimo, como la morada de la verdadera verdad. Esto se debe a que el campo íntimo está taponado por lo privado y lo público. ¡Cuánto cuesta el silencio en un mundo de ruido! Ciencia, tecnología, minorías, mayorías, todo esto obstaculiza la intimidad. Sin embargo, aquellos quienes sienten que la verdad se encarna, no le dan la espalda a lo privado y a lo público. Gozan de ellos en cuánto permiten la auténtica unidad, pero se fastidian de su inmediata dilatación. Repito, la ciencia y la religión han palpado con sus yemas la verdad intima, pero suelen declinar por la simple razón de que no dignifica al ser humano. Para concluir, las tres dimensiones, lo público, lo privado y lo íntimo fueron analizados bajo el tinte epistemológico, aunque aclaro que fácilmente podrá pensarse en el ámbito ético y metafísico. No obstante, será en el estadio del conocimiento donde estas dimensiones lograrán cumplir su objetivo. Sin embargo, en una sociedad de la información, de los datos, de los hipertextos, de las diversas evidencias científicas; recuperar lo íntimo, sentir la verdad, se convierte no sólo en una revolución epistemológica, sino también en una resistencia, un acto de rebeldía ante el ol


[1] Aunque solemos pensar que no es conocimiento en verdad.

Por Carlos Santamaría

Pensador que con sus ensayos y errores intenta conocerse.

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