La necedad pedagógica.
El sabio puede cambiar de opinión, el necio nunca. Kant.
La pedagogía como campo de saber de la formación ha partido de supuestos, como cualquier ciencia o saber, y se ha fortalecido desde prejuicios. Hablar de una ciencia pedagógica es tan superficial como hablar de una ciencia de la religión. La pedagogía ha reflexionado sobre la formación humana, al punto, de ofrecer vías, caminos e incluso ampliar horizontes para que se sirva de técnicas e instrumentos, es decir, ha dado apertura a la didáctica (otra mal llamada ciencia). Entre estas reflexiones, instrumentales, la pedagogía ha creído firmemente que cumple con su cometido: formar a la humanidad toda. Aunque esto de SER HUMANO no ha sido aclarado por ciencia alguna de manera definitiva.
La pedagogía pareciera ir con los ojos vendados creyendo que supera todos los obstáculos para su meta. Sin saber a dónde ir camina con la seguridad de cómo hacerlo. Todas las pedagogías son iguales: sombras que obscurecen.
Pero no sólo son los supuestos epistemológicos. La pedagogía parte de un supuesto mucho más profundo, a saber, la posibilidad de formar el deseo. ¿Puedo formar al otro para que desee esto o aquello?, ¿puedo formar el deseo del otro para que logre aquello?, ¿puedo formar al otro sino tiene deseo de ser formado?
Si bien la pedagogía se ha alejado de la escuela, es allí donde su sombra permanece. Los maestros educan y forman. Ambos procesos desde una abulia generalizada por parte de los estudiantes: hoy en día es más raro un estudiante que quiera aprender y transformarse que aquel otro que sólo va a sentarse a un aula para estar en su dispositivo electrónico. Ante este fenómeno, la pedagogía escolar (sombra obscura) ha respondido con el nuevo rol del docente: motivador del aprendizaje.
Este nuevo animador tiene como meta despertar en el otro el deseo de aprender. Pero vale la pena detenerse y preguntarse ¿es posible “despertar” el deseo? Este despertar ya es un resquicio de formación. ¿Se puede llevar el deseo X a un deseo Z?
He aquí la necedad pedagógica: creer que forma sin que el otro lo desee y creer que lo forma como el otro desee que lo formen y mucho más profundo creer que genera deseo en el otro. Pareciera que, como en lógica, la pedagogía ha de analizarse desde el principio de tercero excluido, es decir, desde un par de posibilidades limitadas y específicas que se contradicen entre sí y no permiten una tercera posibilidad: o la pedagogía forma impositivamente o la pedagogía forma voluntariamente por deseo propio, no hay otra alternativa. Si es por la primera vía no es ni formación (ni pedagogía) más bien sería alienación. Si es por la segunda vía sería pedagogía (autoformación). Pero, el pedagogo y el docente serían inútiles, pues ¿para qué el otro en mi proceso de formación? ¿para qué el pedagogo-docente?
La necedad de la pedagogía radica, entonces, en su idea intrincada de que forma, sabe hacerlo y sabe para qué hacerlo. Desde esta perspectiva, se deduciría que todos los seres humanos formados a lo largo y ancho de la historia han logrado el mayor nivel que el SER HUMANO puede alcanzar, si tal situación fuese real y posible. Dejemos, entonces, que se persista en ello.
