Se ha mencionado por dos milenios de historia que la razón ha sido la mayor herramienta humana, ella ha sido el distintivo o incluso la esencia misma del ser humano. Bajo el nombre de la razón, el ser humano se erigió como el amo absoluto de la naturaleza. Incluso quien está a nivel superior es la Razón Pura y Absoluta que no está mediada (manchada) por la naturaleza o animalidad; aquel Dios que todo lo sabe.
Con la Razón, el ser humano ha logrado domesticar al mundo, a otros y a sí mismo. La creación de las máquinas sólo puede realizarse desde matriz racional y, esto es un hecho, toda máquina busca controlar, predecir, cambiar y pugnar contra alguna fuerza de la naturaleza. Hoy en día esas mismas máquinas están intentando ser tan racionales (Inteligencia Artificial) que últimamente se teme que sean ellas las que controlen al humano y no a la inversa. Por otro lado, la creación de comunidad y sociedad ha sido teorizada como producto de la racionalidad. Sólo a la razón se le ocurre crear leyes para controlar esa naturaleza salvaje descarriada: es la razón la que pastorea y lleva a la cerca al animal natural. Por último, es la razón la que domestica impulsos personales, la idea según la cual debo pensar antes de actuar es el mayor invento de la razón para empoderarse de la animalidad singular e individual.
Toda esta línea de domesticación racional termina mostrando dos efectos interesantes:
- Lo racional no es necesariamente humano.
- Lo racional tiende a controlar y a manipular.
Léase cualquier historia de la Razón para evidenciar con un alto índice de evidencia estos dos efectos.
Ahora bien, esta razón no sólo controla, sino que también rompe la naturalidad. En primer lugar, porque es la madre de la normalización, es decir, gracias a la razón existe el orden, la armonía y, por lo tanto, lo civilizado y lo culto. Este efecto del fuego prometeico es el rompimiento de la naturaleza humana consigo misma, pues es una fractura desde adentro. Cómo olvidar el mito de Prometeo quien le da a la humanidad el fuego, es decir, la luz racional debido a que su hermano Epimeteo dejó a la humanidad sin don alguno, desprotegido y aislado. Esa es la naturaleza humana: desprotección y aislamiento, pero la razón llega para combatirla y para transformarla. Los cínicos se dieron cuenta de esto y reflexionaron sobre esa naturaleza social del ser humano, el animal político o social, quien vive más social que natural, pues las normas, reglas, deberes y leyes son los modos y criterios de medir la armonía y el orden. En otro lado hablé de la Razón como filtradora de enfermedades y sanidades, pues le es inherente ordenar el mundo tanto natural como social.
En segundo lugar, la razón también crea ideas (fantasmas e ilusiones) que rompen con la naturalidad. Cada uno de nosotros somos productos racionales externos e internos, es decir, por discursos de otros y por relatos propios. Y es aquí donde quisiera centrar la reflexión de la logopatología, pues la esencia de toda “enfermedad discursiva” reposa en la invención ideológica de la razón.
- Discursos externos: desde el nacimiento, e incluso antes, se escuchan discursos de otros, se viven discursos de otros. Estos discursos siempre giran en torno al cómo vivir, al cómo hablar, al cómo pensar, al cómo actuar, en últimas, a la existencia misma. No hay moralidad ni religión que no estén supeditadas a la razón, bajo su seno se han formado las mayores historias e ideas para controlar y domesticar. Ya Kant lo había notado cuando de- anuncia a Dios, Alma y Mundo como ideas trascendentales de la Razón. Realmente no son más que ideologías enfermizas que regulan la “moralidad” humana. Estado, partidos políticos, también son ideas regulativas de la “moralidad” humana, pero ahora no es preciso profundizar esta idea.
- Relatos internos: En afán de controlar y domesticar la Razón inventa al Yo como sustancia real e indivisible. Metzinger ya ha visto que el Yo es la máxima ilusión producida por el cerebro para ordenar y armonizar todas esas experiencias que acaecen y se padecen. Ese Yo organizador se esfuerza en controlarse y domesticarse, toma ideologías externas para hablar de sí mismo: retoma la virtud, retoma el pecado, retoma la ley con el objetivo de seguir siendo él mismo -Yo-. Además, cada vez que este yo se relata, cuenta de sí, narra interminablemente, es decir, siempre se está autoconstruyendo, pues debe mantenerse anclando en el exterior para persistir en su “pseudorealidad”. Esta invención interminable es la prueba contundente de la enfermedad discursiva: cada uno de nosotros es una invención racional perenne.
La razón está enferma, porque produce su propia destrucción – rompe – lo que no se ha de romper, se quiebra desde adentro. En efecto, cada invención racional en su afán de controlar y domesticar termina llevándose a sí misma a un exceso de ideologías que contradicen o que dicen lo que, realmente, no alcanza ni puede decir[1]. Es un cáncer sin cura. No hay invención racional que no sea enfermiza. No hay diálogo que cure, por el contrario, éste es un cuidado paliativo: al final sólo hay invención racional.
[1] No es un secreto que la Razón no alcanza a la naturaleza, no la entiende, no la comprende, de allí que la busque domesticar. Es por esto que la Razón no puede decir nada al respecto de la naturaleza: lo esencial.
