El antievangelio.

La buena nueva, el mensaje salvífico, es una promesa que emana de una verdad pero que desemboca en una mentira. El evangelio en sí mismo es un mensaje o una noticia que es emitida por un humano o un conglomerado de personas que atisbando un poco de verdad buscan domesticarla. Y aquí se presenta que la verdad es lo que “entristece”. En otras palabras, la verdad genera un estado emocional y sentimental que debe ser tratado, gestionado y tramitado. Ante esto, veo un logro del evangelio, al menos reconocer la consecuencia sensible de la verdad. Otro logro es la verdad descubierta, a saber, que sólo hay culpa, sólo hay frustración, sólo hay finitud juzgadora. Se juzga toda acción, todas son condenables, aunque se suele ser más preciso con la acción racional. En efecto, la verdad descubierta es que todo va mal, sólo lágrimas y desasosiego, vacío y carencia, dolor y sufrimiento. Es decir, la verdad descubierta es que todo duele y esta verdad genera un dolor inmenso. De allí la tarea del evangelio de prometer redención: todos seremos salvados.

Por otro lado, tengo más interés en el anti-evangelio, es decir, la mala antigua. En efecto el evangelio notó lo que, desde otros territorios, otras culturas y otros mitos se experimentó. Pero sólo él se dio la tarea de redimir, de mejorar, de prometer. Nada más cruel que prometer, en un contexto de finitud. Que todo duele, que todo hiere, que todo es vano … esa es la mala antigua, ante ella se han erigido esculturas de optimismo, pero también monumentos de dolor. Sin embargo, la promesa pareciera ser mejor recurso ante la verdad.

Pero empecemos, Dios no se hace carne, porque no hay dios ni carne. No hay dualidad manifestándose, hay unidad proyectándose. En esta proyección no hay promesa de redención, pues no puede existir otra unidad o ¿qué más puede ser la redención sino la unidad misma? Si todo esto es dios como lo dijo Spinoza, entonces no es necesario seguir hablando de redenciones. El mundo es lo que es, no hay promesas ni renovaciones. No obstante, el evangelio, con su mentira futura, ha logrado adjudicarse millones de creyentes. Estos suelen olvidar la verdad, porque se enfocan en la fantasía futura.

  1. El evangelio.

Es fácil recordar, porque estamos hastiados de la repetición, que el redentor se hizo carne, naciendo en un pesebre, es decir, en un lugar socioeconómicamente bajo, pero con alto valor religioso, pues es la zona de sacrificio por antonomasia. Desde el inicio de la historia ya se presume que la muerte es el lazo de la salvación, claro allí radica el misterio insondable, pero se va más allá y se promete la resurrección, es decir, el retorno al reino de dios. Primera verdad mentirosa, la muerte como retorno a la unidad, pero el volver a la vida en otro plano como superación de la finitud juzgadora y dolorosa.

La segunda escena fundamental del evangelio es la vida y pasión de ese avatar de dios: pobreza, sufrimiento, pugnas políticas, dolores, tentaciones, gritos y cesación. Esta lista también roza la verdad: dolor y sufrimiento como esencialidad de la vida. Pero roza la mentira al prometer un estado vital sin ninguna de estas categorías. Así el cordero de dios es asesinado, bajo las mayores torturas posibles, para volver a la vida reconciliando todas estas pasiones, es decir, superando la verdad del mundo. Este punto evangélico es neurálgico pues muestra poéticamente lo real a saber que el cordero resucita, es decir, se renueva para ser uno con el mundo. Pero la mentira detrás del telón se asoma a modo de condición ética como perdón. La unidad no es el perdón, la unidad no es el retorno, por el contrario, la unidad no es retrotraída: es vacía.

  • Antievangelio.

La mala antigua, es decir, la verdad verdadera se presenta y se estanca en la inmediatez, en la finitud. No hay futuro, no hay más allá, sólo un más acá que se presencia insistentemente. Mientras que el evangelio se esfuma en su mentirosa promesa, el antievangelio permanece con verdadera incomodidad. Que este no sea el mejor mundo posible lo demostró Voltaire con suficientes pruebas y evidencias que pareciera innecesario volverlo a mostrar: quejas, sollozos, alaridos… son los sonidos que resuenan en todos los oídos, estoy seguro que si el mar pudiese gritar expresaría con tumultuoso sonido “párenme ya”, incluso si tuviésemos la posibilidad de escuchar a una roca ella sollozaría “desaparézcanme”. El dolor es la condición existencial es la realidad misma, de allí que la mayoría de seres vivientes inteligentes o no estén buscando apaciguarlo, negarlo e incluso olvidarlo. Sin embargo, esta manera de rehuir al dolor es diferente al evangélico, pues el primero hace referencia a la inmediatez, mientras que el segundo a la mediatez fantasiosa y antropocéntrica, como si sólo el ser humano mereciese redención.

El antievangelio no apuesta por dioses ni avatares, no reconoce caminos éticos y morales para redimirse, para volver a la unidad. Por el contrario, la mala antigua, recae en el cada uno para que vuelva a ser Uno. Si bien la unidad será explicada con más detalle más adelante, es cierto que el uno y el Uno son lo mismo, el individuo, sea cual sea, busca la unidad y la busca en este plano, en esta vida, en esta lucha contra el dolor. Y en esto radica el antievangelio en la verdad desnuda: sólo hay dolor. ¿Qué se puede hacer con él? Es la pregunta esencial, mas no ¿qué pasará después de él?

Con el dolor se vive, pues ambos son uno y lo mismo, la naturaleza ha generado una vía de escape en todos los individuos, a saber, un luchar eternamente contra el dolor, se busca apaciguar, pero él siempre retorna. Por esto el evangelio intentó plantear otra vida sin dolor, olvidando la identidad de estos términos. Sin embargo, no hay escapatoria, luchamos contra el dolor y la vacuidad sabiendo que al final él nos derrotara.

Si tuviese las capacidades para hacer una narración antievangélica sería: y nací-mos llorando, jugando a no ser derrotados por el dolor, pero perecemos sonrientes aniquilados al fin. No hay redentor ni redención, no hay promesa, no hay más allá, hay un inminente sufrimiento que mueve los hilos y, me atrevo a decir, que incluso en los momentos alegres quien sonríe es él consciente de que pronto hará su aparición abrupta.

  • La unidad.

Arriba mencioné que la verdadera redención es la Unidad misma, es decir, el reconocimiento de que no hay más allá esperando a las buenas almas. La unidad es la renovación en la finitud misma, es decir, es la posibilidad de retornar al dolor con la conciencia clara de que él es la vida misma. Por eso uno (un individuo) ya es lo Uno en sí mismo. Lastimosamente sólo los seres animales superiores logran concienciarse del dolor. Pero no podemos dejarnos engañar por este nivel del entendimiento, pues los animales inferiores que se mueven rehuyendo del dolor, perecen de igual manera, en su manto. Efectivamente todo lo que vive padece el dolor, es decir, se iguala ante cualquier “ser superior”. En otras palabras, el dolor es la misma redención. El hecho de vivir aquí y ahora es unificarse. En efecto, no hay escapatoria del dolor y de la vacuidad, no hay manera de soslayar la verdadera verdad, la mala antigua. Tenemos el dolor por alimento, de él emanamos y a él retornamos, con él vivimos y con él convivimos. Para ser claro: no hay una trascendencia, un reino de dios que purgue el sufrimiento, la muerte misma es la aniquilación en el dolor. Es esta la antigua nueva que fue usurpada por el evangelio, mancillada con la falsa promesa de la infinitud, fue esto lo que nos ha llevado a olvidarnos, distanciarnos y enajenarnos de nuestra propia finitud juzgadora y dolorosa.

Por Carlos Santamaría

Pensador que con sus ensayos y errores intenta conocerse.

Un comentario sobre «El antievangelio»
  1. Me encanta el título de este ensayo, lo elegí porque creí que encontraría una crítica o una postura negativa sobre el evangelio, pero la verdad al leer este texto me doy cuenta que las sagradas escrituras se quedan cortas de palabras al centrarse en promesas de perdón, redención y salvación y olvidan hacer por lo menos vagas referencias de lo que significa algo tan humano que hasta Jesús sintió, cómo lo es el dolor, dolor que muchos profetas padecieron antes de derrocar doctrinas o liberar algún pueblo, este ensayo me hace pensar en un nuevo evangelio donde además de aferrarnos a la promesa del padre comprendamos cómo llevarnos mejor con el dolor inherente a la vida misma, me pregunto cómo hubiera Sido la biblia narrada a partir de esas experiencias dónde profetas y discípulos nos muestren cómo su experiencia de dolor los acercaron mas a Dios y cómo el dolor les otorgó la sabiduría que Dios quería transmitirnos. Gracias por hacerme pensar en todo esto.

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