El estado de enfermedad supera los límites. Enfermo es el que no está en los límites ordinarios: niveles de glucosa, de hormonas, de colesterol, de oxígeno… Enfermo, también es quien no está en el límite jurídico, quien se salta la ley. Pero también aquel que no está en el límite social, quien habla poco, quien habla mucho, quien opina y quien no lo hace, quien expresa sus sentimientos y emociones y quien no. En cada dimensión humana hay enfermedad: en lo biológico, en lo psíquico y en lo social.

¿Quién o quiénes establecen estos límites? Esta pregunta es necesaria, aunque ya ha sido respondida por Foucault. Para este pensador, no existe un conocimiento neutral o aséptico sobre la realidad humana. Todo saber está atravesado por relaciones de poder que lo hacen posible y a su vez, ese saber legitima y refuerza dichas relaciones. A esta co-implicación la denomina “poder-saber”.

Desde esta perspectiva, conceptos como “salud”, “enfermedad”, “normalidad” o “anormalidad” no son simplemente nombres o rótulos objetivos y precisos del mundo, sino construcciones históricas producidas por discursos científicos, médicos, jurídicos y sociales que establecen lo que debe considerarse aceptable o reprochable. Teniendo esto en cuenta, los límites son productos del poder-saber y, por lo tanto, toda enfermedad es aquello que los supera. Es evidente, entonces, que la racionalidad discursiva hegemónica es la creadora de los límites. Y, por lo tanto, todo aquello que se considere irracional sea lo enfermizo y lo que deba ser tratado.

Bajo este marco sólo la razón limita, pero también es limitada y, por lo tanto, es limitante. Hasta hace muy poco el animal no enfermaba, pero incluso esta enfermedad biológica base sólo es el resultado del poder-saber veterinario.

No es un secreto que René Descartes inicia o, mejor, estipula y entrona al Yo racional como entidad esencial. En otras palabras, el yo soy es la primera verdad indudable. Sin embargo, es curioso que lo esencial, lo verdaderamente real, padezca o, en este caso, se enferme; se extralimite, es decir, deje de ser lo que es. Psicólogos y psiquiatras se enaltecen en un castillo de aire, pues ¿cómo curar la razón? ¿acaso las pastillas hormonales permiten el retorno del yo? O, por el contrario ¿cómo volver a ser yo? Al parecer este Yo no es tan esencial como se ha venido creyendo desde el inicio de la modernidad.

Pareciera que la mejor ruta para retornar al yo sano sea construir sujetos, es decir, que se piense, se opine y se viva como se espera, esto es, retornando el camino perdido, volviendo a la línea recta: al límite.

Como primer medicamento aparece la educación. Ella es el camino para retornar a la línea, a la racionalidad: al límite. La educación se convierte así en un instrumento de normalización o, mejor, de sanidad. Es por esto que la educación es una institución, pues conlleva consigo todo el poder-saber pedagógico que permite la socialización, es decir, la curación de cualquier anomalía.  Sea privada o pública la educación busca lo mismo, limitar al ser humano, encasillarlo y, por lo tanto, higienizarlo. Toda persona no educada o mal educada es una persona enfermiza.

Como segundo medicamento aparece el trabajo. Allí se desenvuelve el hombre y la mujer, allí son sujetos plenos, por un lado, porque son miembros productivos de la sociedad y, por otro, porque están sujetados a la normalidad laboral: horarios, rutinas, salarios, etc. Vivir para trabajar es uno de los límites más marcados y expuestos. Es patente en el simple hecho de observar el trato hacia los mendigos o personas en situaciones de calle que carecen de trabajo. Es claro que los medicamentos son escalonados: se precisa de educación para no perder el rumbo y es con la educación que se forma para el trabajo, es decir, para no salirse del límite. Varias sociologías y filosofías, por no decir que la misma religión, han catalogado el trabajo como la acción dignificadora del ser humano. Sin embargo, es justo preguntarse ¿vivir para trabajar? O, mejor, ¿el trabajo es realmente la acción esencial del ser humano?

Un tercer escalón o el último medicamento sería la e-socialización, esto es, el proceso mediante el cual el sujeto se integra, participa y se valida dentro de los entornos digitales contemporáneos. Puede sentirse que la cibercultura es ilimitada, desordenada, irracional; por el contrario, su caos ordena, hay una precisión racionalizada. En efecto, en las redes sociales aparece innumerables datos, cantidades excesivas de información y, aún así, toda ella está organizada y presentada de tal manera que cualquier persona, sana, participe e, incluso, se presente como especialista. Mientras las redes sociales informan muertes, guerras, genocidios, también están informando, trinos políticos, secretos de personas de interés público… pero además se muestran los avances científicos y tecnológicos junto con los robos en los barrios, el rencuentro de perros, etc. A cada uno de estos tópicos el sujeto digital se siente libre de participar, reaccionar y compartir. Aquel que no participe de esta bacanal informativa, por el contrario, sería el analfabeto digital, el desviado: el enfermo.

Ahora bien ¿son verdaderamente medicamentos del Yo? En primer lugar, no hay ningún yo esencial, de haberlo, no se enfermaría ni dejaría de ser: el ser es y el no-ser, no es. Esta enseñanza de Parménides debe tenerse presente. Por otro lado, es ilusorio pensar que los medicamentos aquí expuestos higienizan al Yo, pues los tres remedios se especializan en socializar, es decir, en masificar a ese yo que es tan estrecho y pequeño. Es evidente, entonces, que no hay maneras de sanar al Yo, en principio, porque nunca hay un Yo enfermo y, en segundo lugar, porque cualquier enfermedad posible sólo es producto de una racionalidad discursiva que padece de paranoia hipocondriaca.

Por Carlos Santamaría

Pensador que con sus ensayos y errores intenta conocerse.

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