La narrativa del sufrimiento en la biblia es repetitiva y cíclica. Es la consecuencia de un deseo y un límite o muro que lo frena. Comúnmente creemos que el conocimiento del deseo puede ser el freno o el muro del mismo. Sin embargo, nada más alejado de la realidad. El saber algo y el desear algo son procesos tan distintos y disimiles que escasamente se entrecruzan. Yo puedo saber que voy a morir, pero eso nada hace con mi deseo de no morir. Puedo saber que me dolerá, pero en nada afecta ese saber con el hecho de no querer que me duela.

El sufrimiento está en el plano del deseo y no del conocimiento, aunque éste más que apaciguarlo, lo incrementa. Ya decía Schopenhauer que los seres irracionales sufren, físicamente hablando, pero los racionales sufren moralmente e intelectualmente. Pareciera, entonces, que estamos y somos en pro del sufrir; de allí que la vida, profundamente, sólo sea una lucha y un intento por tranquilizar, sin efectividad, claro está.

Es importante, entonces, mencionar varias escenas bíblicas del sufrimiento con el objetivo de conceptualizarlo.

  1. Adán y Eva: el deseo de más

El primer sufrimiento no surge del castigo, sino del deseo que desborda el límite.
Adán y Eva no ignoran la prohibición; la conocen perfectamente. El problema no es cognitivo, es desiderativo. Saben que no deben comer, pero desean hacerlo. El conocimiento no frena el deseo; lo intensifica. Tras comer, no obtienen plenitud, sino conciencia: vergüenza, miedo, trabajo, dolor. El sufrimiento inaugura la historia humana como consecuencia de un deseo que quiso ir más allá de su contención.

  • Caín: el deseo frustrado

Caín no ignora el bien. Sabe qué espera Dios de él. Sin embargo, su deseo de reconocimiento choca con un límite: su ofrenda no es aceptada. El sufrimiento nace antes del crimen, en la herida narcisista. Dios le advierte, pero la advertencia no apacigua el deseo herido. Caín mata no por ignorancia, sino porque no soporta desear lo que no obtiene.

  • Job: el deseo de sentido

Job no desea riqueza ni salud: desea comprender. Su sufrimiento no se intensifica por el dolor físico, sino por el muro del silencio. Sabe que es inocente, pero ese saber no mitiga su deseo de justicia. El conocimiento de su rectitud no lo consuela; lo atormenta. El sufrimiento aquí no proviene del error, sino de un deseo legítimo que no encuentra respuesta.

  • Israel en el desierto: el deseo de volver

El pueblo ha sido liberado, pero no apaciguado. Conoce la promesa, pero desea lo inmediato: comida, seguridad, pasado. El desierto no duele por la falta de sentido, sino por la imposibilidad de satisfacer el deseo. Prefieren la esclavitud conocida al vacío de la espera. El sufrimiento surge cuando el deseo no soporta el tiempo.

  • El deseo exhausto

En el Eclesiastés el sufrimiento no es grito, sino cansancio. El deseo ha probado todo: placer, trabajo, saber, éxito. Y nada lo colma. El conocimiento no libera; revela la futilidad. No hay muro visible, pero el deseo se estrella contra el vacío. El sufrimiento adopta la forma del hastío: vivir sin esperar ya nada.

  • Jesús en Getsemaní: el deseo imposible

Jesús sabe lo que va a ocurrir. El conocimiento no le ahorra el sufrimiento. Su deseo es claro y humano: que el dolor no ocurra. Pero el límite es infranqueable. Aquí el sufrimiento aparece en su forma más desnuda: desear algo que no puede ser concedido, aun sabiendo que no lo será.

De acuerdo con esto el conocimiento más que nulo y vacío ante el deseo, lo incrementa.

Entonces, bíblicamente, ¿para qué dios? Dios es condición de posibilidad del sufrimiento, sí y sólo sí, su existencia, se presupone, como límite, pero también como principio de la realidad del sufrimiento. Es a él a quien le llega el llamado del deseo y es él quien responde. Desde esta perspectiva, no importa si dios es omnipotente, omnipresente y benevolente. Por el contrario, dios es a lo que llamo, a lo que me quejo, a lo que tiendo mi deseo: “quiero ser padre”, ese querer me supera, es trascendente, lo puedo decir para mí, pero no soy yo al que se dirige.

¿A quién se le dirige el deseo? O mejor ¿a qué? No es a un yo fáctico ni a un yo trascendental, el deseo cruza líneas inexploradas aún. Mi deseo no es mío, el yo no lo desea tampoco. Estoy de acuerdo con la idea según la cual el yo sólo sabe, sólo conoce, por lo tanto, el yo no es el que quiere, no es el que desea. El yo tarde se da cuenta que deseó.

En fin, llámesele como se quiera Dios, unidad, voluntad, ese núcleo, de ahí emana y a él retorna el desear. Desde esta perspectiva es él límite, el muro. No obstante, el sufrimiento surge por la llamada sin respuesta: ser madre, no perder, etc.  El sufrir, por lo tanto, es encerrarse en sí. Quien quiere ser madre y no puede, no ve aperturas ni otras salidas. Su vida se enfoca en ser madre, allí se compromete, su elección consciente se anula. Si no puede ser madre ¿por qué y para qué seguir deseando? No hay yo que apacigüe esto. Sólo dios puede, pero sólo su “criterio” o mejor su voluntad toma decisiones. En la biblia el sufrimiento se apaga cuando Dios cumple el deseo… ¿no cumplirlo podría ser otra vía de apaciguamiento?

El sufrimiento bíblico, en mayor parte, gira en torno al querer-tener, no al querer-ser. El sufrimiento teológico es materialista. No hay elección ni posibilidad. Sufro porque no tengo, nunca es sufro porque soy.

Por Carlos Santamaría

Pensador que con sus ensayos y errores intenta conocerse.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *