La esencia precede a la existencia es un principio filosófico que sólo algunos han intentado deslegitimar. Particularmente Sartre, existencialista acérrimo, quien afirmó todo lo contrario, a saber, que la existencia precede a la esencia ¿Cómo es eso que existe y luego se es? Y peor aún ¿cómo es que esto sólo aplica para el ser humano? No ha habido filosofía más egoísta, ególatra y egocentrista que aquella que desvincula al individuo del Ser y lo arroja, literalmente, al vacío. Una filosofía que ennoblece al humano como ser hegemónico de la existencia, porque sólo él puede Ser tras existir, pero que para hacerlo lo ha de lograr solo, sin pres ni pros. Por el contrario, todo lo demás sólo existe, no participa del Ser, porque simplemente no cumple con las condiciones para serlo: autoconsciencia y libertad.

A pesar de esta filosofía egoísta, o egoísmo filosófico, es necesario replantear y resignificar las categorías de Ser y Existencia. Así como reflexionar sobre la autoconciencia y la libertad que, lastimosamente, suelen ir de la mano o, incluso, suelen ser una y la misma. Para ir adentrándose en estos objetivos será necesario, entonces, partir, en primer lugar, del hecho de que la razón es la dadora de Ser y, en segundo lugar, abordaré el principio soy, luego existo.

  1. Antesala: ser y existir.

Ambas categorías emanan en una realidad ética de suma importancia, pues genera implicaciones sobre el trato para con lo otro. La filosofía ha solido diferenciar y distanciar al yo del otro, a pesar de que muchísimos filósofos han intentado demostrar el vínculo inalienable del todo. Este ir introyectando para diversificar, es decir ir reconociendo en cada uno diferencia, más que conexión, ha generado repercusiones morales trascendentales. En efecto, que el humano posea un Yo y todo lo demás no, genera la falsa creencia de que aquél es dueño y señor de todo. El Yo como categoría hegemónica es un hijo bastardo de la filosofía del ser y del existir.

Este Yo lo es en tanto que sabe de sí y siente que elige: autoconsciencia y libertad son los pilares de este concepto. Para muchos filósofos esos pilares son la esencia misma del SER, lo que lo distingue del existir. En la cotidianidad se suele entender por existir el mero estar, un compartir tiempo-espacio, sin ser consciente del compartir, sólo coestar. Así, una roca, un collar, un pan, una planta e incluso un animal está. Pero el ser humano, desde su misma grafía, ya posee el ser. No se habla de un ser roca o un ser animal, sólo se habla de un ser humano.

Ahora bien, el ser y el estar ¿son disimiles? ¿Se dice que una roca está, aunque no sea? ¿Sólo es en el decir donde emana el problema del ser y del estar? Si es así, entonces el problema queda resuelto: es una confusión lingüística. Pues el verbo SER, implica de por sí el estar. Ahora bien, ¿qué pasa cuando el SER no se toma desde una confusión lingüística ni como un verbo? El fenómeno de la existencia es crucial para la humanidad, posiblemente, es el motor de toda reflexión y, por lo tanto, de toda actuación.

Teniendo esto en cuenta, iniciaré la reflexión sobre la razón como dadora de ser. Esto con el propósito de destronar el principio racional y, por lo tanto, a la humanidad como el pináculo de la pirámide existencial.  

  1. La razón de ser.

En otra parte hablé de la condición antinatural de la razón. Ella, en efecto, es un producto contrario a la evolución natural: su simple capacidad de eliminar a toda la naturaleza es evidencia de ello. La razón estipulada como carácter diferenciador de seres o, mejor, como identidad genérica del humano se ha establecido como verdad incuestionada per secula seculorum, generando una familiaridad o, peor, una aceptación ciega de este principio. Ni siquiera los existencialistas acérrimos la cuestionaron, a su manera, dieron por sentado que con la razón el ser humano, único ente capaz de cuestionar su existencia, se autodetermina o es responsable de su estadía en el mundo de vida.

Así lo vio Sartre quien comprendió al ser humano como un condenado a ser libre, es decir, a proyectarse, crear y recrear su camino vital. Inclusive Heidegger propone que el ser humano auténtico será aquél que forja su estar ahí, es decir, su modo de vivir. Es evidente que esto sólo es posible si se parte de un principio forjador y creativo, el cual lastimosamente no es un asunto irracional, sino la razón misma. Sólo el ser racional es dueño de sí y, por lo tanto, de su vida. Bajo esta modalidad sólo al humano le compete conquistar el ser para independizarse del existir.

En este sentido todo el existir es estar arrojados, pero sólo el humano cuenta con el privilegio de recoger-se y levantar-se. Esta condición de arrojo es una formula despectiva para comprender a los demás seres, puesto que el SER humano los pisotea y los devora tras su recogimiento. Levantar-se sólo es un eufemismo para el hecho de reconocerse dueño de la existencia y lo existente. Incluso allí donde se habla del cuidado, como lo hará Heidegger, se devela un sentido de hegemonía del humano sobre los demás. La tan aclamada libertad humana, defendida por Sartre, no es más que el estigma de lo otro por estar determinado. Esta determinación no sólo ha de entenderse como efecto de una causa, sino como un estar supeditado a… lo humano.

Es interesante como el existencialismo lucha por la autenticidad, por la idea de que el ser humano se libere de la cotidianidad del sistema o por vivir bajo el yugo de la sociedad. El pasar de la vida bajo una dinámica sistemática es prueba de que no hay libertad y la invitación a superar la cotidianidad es una prueba, fehaciente, de determinación. Teniendo esto en cuenta ¿cuál es la libertad humana? Determinación y supeditación es lo que mueve los hilos: sea a nivel social o a nivel personal. Bajo este contexto se comprende el hecho de estar condenados a ser libres, pues hay una vocación hacia ella, aunque no se pueda alcanzar. Por lo tanto, se está obligado a querer ser libres.

Por otro lado, la autenticidad sólo es aceptable desde la línea racional. Reconocer, reflexionar, enfrentar, ser consciente, etc., son procesos racionales. Ningún otro ser, desposeído de razón, es. Todo esto, porque la razón es la que otorga la posibilidad de ser. Sólo ella permite el reconocimiento de la finitud y, por lo tanto, alcanzar una existencia auténtica. Esto es, una vida libre y responsable donde cada uno es dueño de sí mismo. Este problema, sólo es humano, pero sus consecuencias son globales.

Sartre lo dejó claro cuando mencionó que el existencialismo es un humanismo, pues es una filosofía que se encarga y se centra en el humano como el SER. Un ser que se construye y se recrea. Lo demás sólo existe, no posee ser y si lo tiene es otorgado por el ser humano. ¿Qué ser puede otorgar aquél que se recrea a sí mismo? El mundo de vida lo ha demostrado entre lágrimas, gritos y alaridos; entre cambios climáticos, lluvias acidas, contaminación y deterioro de la capa de ozono. Este es el verdadero proyecto del ser que tanto aprueban los existencialistas.

  • Soy, luego existo.

Teniendo en cuenta el apartado anterior, se reconoce que partir del ser arrojado, es decir, desvinculado, sin ser previo, sino con un mero existir, produce consecuencias globales a nivel ético. Revincular al humano es la tarea de la filosofía. Retomar la identidad, no como principio genérico, esto es, etiqueta diferenciadora, sino como unidad es imperativo. ¡Cuán pasos de gigantes habían hecho los antiguos filósofos! Pero ¡cuán bajo hemos caído! La caída es un concepto esencial en el existencialismo, por ejemplo, para Heidegger, hace referencia a la inautenticidad, es decir, a la vida sistemática o captadora de las expectativas sociales. Por otro lado, para Kierkegaard, la caída es una transformación existencial, ya que se es consciente de la finitud y las polifonías del elegir.

Ahora bien, la caída filosófica a la que me refiero hace hincapié en el no ser consciente de la elección que se hizo. En efecto, considerar al ser humano como apertura, proyecto o libre es elegir considerar a todo lo demás de manera hermética, determinada y supeditada. Esta elección filosófica sólo es prueba del egoísmo filosófico que representa el existencialismo. Sin pensarse a sí mismo ha generado consecuencias éticas irreparables: extinciones humanas y animales, voracidad de la vida y olvido de lo otro.

Es por esto que es necesario recuperar los peldaños escalados por los antiguos filósofos que encontraron lo Uno, la Idea, la Voluntad como fuente del existir. Claramente el principio filosófico “la esencia precede a la existencia” era consciente del rol humano y del sentido ético de la realidad. Es por esto que seguir pensando el ser, es seguir pensando la manera como se relaciona él consigo mismo a lo largo y ancho de la existencia. Esta reflexión ha de superar el plano egoísta, es decir, reconocer que el humano es una cara del ser, así como lo es el animal, la planta, la tierra, el planeta, el universo, etc. Es en el ser humano donde el SER se manifiesta tan palpable que pareciera que en él se encarna el culmen de la relación consigo mismo.

Lévinas pareciera comprender esto al reconocer el rostro. El rostro es la manera como el otro me penetra y dicha intersección me afecta desde la vulnerabilidad. En efecto el otro es tan débil que yo podría eliminarlo fácilmente, pero es dicha vulnerabilidad la que me ayuda a comprender que así mismo me presento yo ante el otro: todos podríamos acabarnos inmediatamente, pero sentimos que esa no es la invitación, propiamente, del rostro. El rostro nos llama a algo, no a la destrucción, sino al cuidado.

Sin embargo ¿qué connotación se le puede otorgar al cuidado? A diferencia de Heidegger que lo reconoce como un estatuto existencial, es decir, como una manera de existir donde el ser auténtico, ser humano creador de sí, hace que todo gire en torno de él; propongo que el cuidado es una invitación que trasciende la lógica, la lingüística y, por lo tanto, lo racional, puesto que el ser se manifiesta como rostro, es decir, el ser se llama a sí mismo como vulnerable, como si sus matices: humanos, animales, plantas, minerales y cósmicas, sintieran que pueden ser destruidas pero no quisieran serlo. El ser se dice a sí mismo: puedo acabar conmigo, pero deseo seguir siendo. 

Teniendo en cuenta lo anterior el ser humano, sólo es precedido por el ser, porque allí se da cuenta de lo que desea, a saber, seguir siendo a través del cuidado de sí mismo. Que los hombres no comprendan este llamado se debe a que aún resuena el eco del egoísmo filosófico, donde la razón, como receptora del llamado, pasó a ser la emisora del mensaje. Soy, luego existo es el principio ético por excelencia. Soy, luego existo es la verdad que trasciende cualquier dimensión humana.

Por Carlos Santamaría

Pensador que con sus ensayos y errores intenta conocerse.

Un comentario sobre «Mi esencia hecha carne.»

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