Vivimos en la distancia y para la distancia: lejos de la naturaleza, lejos del otro y lejos de uno mismo. La lejanía es la espacialidad contemporánea. Cada vez más, alejarse, se convierte tanto en la posibilidad de conocer la verdad como en el mejor acto humano, pues se resguarda del mal ajeno.
Es curioso que, para algunas ciencias, por no decir que todas, distanciar-se del objeto de estudio sea más provechoso para conocerlo con total rigurosidad, claridad y veracidad. No hay que ir muy lejos para comprenderlo y reconocerlo.
La ciencia, lo es, no por sus objetos de estudio, sino por sus procedimientos asépticos y neutrales. Entre menos injerencia subjetiva, emocional, ideológica, etc., aparezca, mayor objetividad y, por lo tanto, mejor calidad de conocimiento científico. Olvidar el reino vital, es decir, la vida misma, en el campo científico es condición necesaria para participar de dicho conocimiento. Este distanciarse o, mejor, olvidarse de sí es prueba de la dinámica de la lejanía.
Pero es mucho más interesante, este fenómeno, en el plano vital-cotidiano, ya que nos debemos alejar del otro para defendernos y acorazarnos. Este imperativo contemporáneo sólo es el fruto de una visión miope, pues no alcanza a ver que, al distanciarse del otro por el temor a ser herido, es igual que distanciarse del otro para no herirlo. Y esto merece ser reflexionado: ¿reconoce el ser humano su función dañina para con el otro?
Pareciera, en primer lugar, que se desconfía del otro, se comprende al otro como dañino, malicioso e incluso pernicioso. Pocas veces se reconoce que ese otro, soy yo mismo. Nos alejamos tanto de los demás que nos sentamos en el trono de la diferencia: es el otro el que daña, soy yo el que debe resguardarse. Desde esta línea, la distancia se entrevé como el límite fronterizo entre el otro y yo.
Frontera, como cualquier otra, imaginaria. Sólo en la distancia puede percibirse la diferencia, la objetividad científica, que suele traducirse en el plano ético como la otredad perniciosa. Esta claridad ante la vista, reitero, sólo posible en la distancia, demuestra su sinsentido, porque ¿cómo se garantiza objetivamente la maldad del otro?
Ahora bien, la distancia en sí misma se presenta como innecesaria e incluso malévola. En efecto, lo lejos suele interpretarse como lo perdido, lo no logrado y, por lo tanto, lo indeseado. Sólo lo que permanece cerca es digno de ser considerado necesario y de alto nivel de satisfacción o bienestar. Se rehúye el dolor y se busca el placer. Este postulado filosófico permite comprender que, de alguna u otra manera, el alejamiento es beneficioso sólo para sí mismo y lo es, en tanto se entiende negativamente, es decir, en tanto previene del daño externo.
Sin embargo, desde la misma distancia hay un llamado al encuentro, pues se vislumbra como lo posible y lo alcanzable. En efecto, la ciencia se distancia para acercarse: analiza al punto de desentender el objeto mismo, pero luego lo sintetiza tan artísticamente que pareciera reencontrar un objeto nuevo. En la vida cotidiana nos alejamos para reencontrarnos: el acercamiento, allí radica el llamado ético.
Acercarse es una interpelación, debería ser un grito, pero lastimosamente pocos lo escuchan. La mayoría permanece en la distancia sin escuchar aquel apacible susurro. Otros lo oyen con pavor y sólo algunos tornan la mirada queriendo aceptar dicho llamado. Pero para escucharlo se precisa de un auto alejamiento: ese yo debe desconocerse, olvidarse, objetivarse, al punto de reconocer lo absurdo de la distancia, a saber, que él mismo es el otro; que lo esperado por el otro es lo mismo que se espera de sí mismo. En otras palabras, ese daño al que tanto le teme, es el mismo daño que puede ejercer y perpetuar el yo.
Acercarse, entonces, es encontrar-se, es decir, estar en otro. El otro y el yo sólo se diferencian en la distancia, porque en la cercanía se identifican.
Tat twam asi. [Tú eres eso]
