Introducción

Pienso si existe eso llamado lucha. Pareciera que las personas vivimos luchando ya sea contra otras o contra nosotros mismos. Nuevamente la naturaleza aparece como original y los humanos como recreadores; o mejor como copiadores. Visiblemente se perciben luchas entre animales, cual cadena alimenticia o cual conflicto entre alfas o entre manadas. Sin embargo, la lucha no la solemos significar en el plano vital, también dentro de un laboratorio percibimos la lucha entre los elementos, con un telescopio se observa la lucha gravitacional. Estos fenómenos solemos comprenderlos como lucha, y lo hemos traducido en guerras y conflictos externos con vecinos, pero también internos como el ser contra el deber-ser.

No obstante, considero que aquello que llamamos lucha no lo es realmente, más bien es la interpretación que hace el ser humano de los fenómenos. Heredamos el deseo intelectual de organizar o mejor, la evolución gusta de mostrarse ordenada, nuestra inteligencia no capta el caos. Para la Teogonía de Hesíodo lo primigenio fue el caos, pero inmediatamente lo pasa a organizar. Incluso en los orígenes míticos, se quiso ordenar. La mente era, es y será ordenadora. Aristóteles descubrió el esquema con el cual se organiza, y con eso se interpretó que así se ordena el mundo entero. Es decir, pareciera que el mundo se ordena, olvidando que es la mente humana la que lo hace.

Considero que la única vía de acceso al caos es la contemplación de sí mismo. Células queriendo hacer X mientras hay otras células queriendo hacer Y, esto lo percibimos ordenado, pero sentimos el caos, uno que sólo muestra un querer. ¿Qué quiere? Vivir, Schopenhauer lo notó. Es curioso que un individuo sea un conglomerado de algo, en este caso, un sinnúmero de células conforma a una persona: hablar de yo es organizar el caos interno… la multitud yendo y viniendo se representa como un yo estable. Ahora bien, organizar toda esta verborrea es una petición intelectual para comprender un sentido. Hagamos este ejercicio.

  1. La mente como ordenadora del mundo.

Ya Aristóteles había saboreado la esquematización del mundo, sus categorías lograron consolidar la lógica occidental, es decir, la manera de razonar y, por lo tanto, de recibir el mundo. El organon aristotélico, si bien emana de la universalidad socrático-platónica, es decir, de la postura objetivista de la realidad, hace un paso subjetivo del asunto, demostrando que será el ser intelectual el que aplicando la lógica explica y conoce la realidad. De allí en adelante, el lógos, se convirtió en el único instrumento seguro para conocer, para explicar y comprender el mundo. Nunca se pensó que quizás el mundo es distinto de lo que la razón muestra.

Ahora bien, esta representación racional gira en torno a conceptos, es decir, a etiquetas, nombres, dinámicas de identidad, de no-contradicción, etc. Por lo tanto, todo lo existente es nombrado, es etiquetado, está señalado. En contraposición, lo que no puede ser categorizado simplemente no existe. ¡De cuánto nos estaremos perdiendo por confiar plenamente en la lógica! Ahora bien, esta logicidad no sólo es epistemológica, sino ontológica: el mundo es (debe ser) estructurado, nombrado y ordenado. Incluso los mitos fundacionales, arracionales para unos, racionales para mí, son la prueba efectiva de lo mencionado. Cuando Hesíodo manifiesta que al principio estaba el Caos se apresura por superarlo, pues el intelecto se estancaría allí:

En primer lugar, existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, Cosmogonía sede siempre segura de todos los Inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. [En el fondo de la tierra de anchos caminos existió el tenebroso tártaro.] Por último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos.

Al principio estaba el Caos y al final estaba el Caos, nadie aceptaría tal fundamento. Pues aceptarlo sería erradicar la lógica como instrumento epistemológico y ontológico. En efecto, esto que no es señalado o que no se puede estructurar presupone una lucha. Es claro, entonces, que lo inclasificable se comprende como conflicto u oposición. Lo llamamos lucha porque pugna contra el intelecto. La lucha, entonces, no es más que una forma de ordenar el caos. Es el nombre que le damos a aquello que no entendemos, pero que necesitamos integrar en nuestro esquema racional del mundo. En este sentido, la lucha no es una realidad objetiva, sino una construcción mental, una estrategia de comprensión, una ficción útil.

  • El caos como fundamento ontológico.

Hesíodo nos contó que Caos está en la base y que de él emanan, dinámicamente, una serie de cosas que suelen ser nombradas y etiquetadas. Incluso, darle el nombre al caos es intentar organizar lo inorganizable, puesto que no se comprende, no se llega al quid de éste. Es claro que una de las dudas que surgen cuando Hesíodo nos narra el surgimiento teogónico es ¿por qué sale algo del caos? La pregunta en sí misma manifiesta un intento por estructurar, es decir, por instrumentalizar la base. En efecto, el caos aparece aquí como causa, incausada, además, que permite identificar el mundo mismo. No obstante, ha de valorársele a este poeta la inserción del Caos como entidad independiente y real.

Si bien los pensadores presocráticos buscaron matizar y racionalizar los mitos, a su manera, continuaron el legado hesiódico de organizar el mundo. Tanto movimiento, tanto cambio, tanta inconexión generaron un interés por encausarlo todo. Gracias a esta necesidad intelectual, surge el concepto del arché con el cual los historiadores de la filosofía han intentado estructurar el pensamiento presocrático. Dicho arché o fundamento es la representación de silenciar el caos para darle apertura a la causa primera: agua, aire, fuego o los cuatro elementos, átomos, etc., son propuestas racionales que explican el mundo, no es el desorden, no es lo inconexo. El silencio otorga: el caos es inexistente.

El colmo llega con Parménides quien establece que el ser es y no puede no-ser. Es decir, lo que es existe bajo la lógica de unidad, perfección, completitud, en otras palabras, estructurado. Por el contrario, lo diverso, lo incompleto y lo inconexo no es. Esta ontología es la muestra del silencio hacia el Caos. Es interesante notar que Parménides, como los demás pensadores de la época, al menos con la información que contamos, soslayaron a Anaximandro con su idea del ápeiron como arché. Este ápeiron suele traducirse como lo indefinido y lo ilimitado, algunos lo mencionan como lo infinito, lo inabarcable, lo innombrable, lo inorganizable. Aunque si bien Anaximandro parece seguir a Hesíodo en cuanto a la idea según la cual todo surge del caos, este filósofo supera al poeta en cuanto que sostiene que todo vuelve al caos. En otras palabras, fue Anaximandro el primero en reconocer el fundamento negado. Lastimosamente la historia nos ha negado su legado.

Algunos pensarán que Heráclito recupera un tanto a Anaximandro con su teoría del devenir. El conflicto que propone Heráclito, la lucha, es en sí misma una estructuración sin estructura. En otras palabras, Heráclito, posiblemente, reconoció el caos como lo inconexo, pero lo categorizó como “lucha” para explicitarlo… ¡como si el caos pudiese ser racionalizado! Efectivamente será Heráclito quien otorga la máscara, pues reconociendo la preponderancia real del caos, lo convierte en una estructura estructurante, Heráclito es el Hesíodo filósofo.

  • El querer como manifestación del caos

Bajo la lógica de Heráclito aparecerá Schopenhauer con su filosofía de la voluntad. Para este grandioso pensador adentro de cada uno hay un caos que, si para Kant era inaccesible por ser noúmeno, puede ser comprendido. A saber, el movimiento, lo inconexo, se manifiesta como querer. Este querer, dirá Schopenhauer, es libre, es decir, desestructurado, porque está a la base de todo y todo vuelve a ella. Es sencillo notar, entonces, como Schopenhauer, al igual que Heráclito, descubren el caos, pero lo nombran, lo etiquetan, lo disfrazan. No obstante, debe recalcarse que, en innumerables veces, Schopenhauer aclara que usa la etiqueta porque es lo más cercano a la intuición, pero que posiblemente ni ese sea la etiqueta ni ese sea el sentido de dicho caos.

Lo aportante de la voluntad es reconocer que ella misma es una lucha contra ella misma, es decir, es caótica en la base y en los fines. Siendo ella lo que subyace da pie para comprender y aceptar con Schopenhauer que el orden sólo es fenoménico, es decir, es un disfraz ofrecido por el cerebro o intelecto. En efecto, en esta filosofía la causalidad es una forma a priori para percibir el mundo. En otras palabras, la mente pone la causalidad para ordenar el caos. Por el contrario, en el plano caótico sólo se respira sufrimiento, lucha y dolor. De allí que la invitación de Schopenhauer sea acallar esa voluntad, pero esto suena a la posibilidad, no de organizar el caos, sino de eliminarlo. ¿Cómo silenciar lo que ruge desde la base?

Desde otra perspectiva la lucha subyacente, que aparece como el querer libre, también se evidencia en el cuerpo, fenómeno por excelencia de la voluntad, en el cual acaecen constantemente movimientos caóticos que, lastimosamente, seguimos estructurando. El cuerpo es un conjunto de células, es decir, es un organismo pluricelular en el cual ha de comprenderse que no hay unidad sino lucha. Unas células se mueven por allí, otras por allá, otras se entrecruzan, otras se devoran. Lo que quiere la célula muscular no es lo que sabe la célula nerviosa. Estos movimientos son explicitados por el querer schopenhaueriano, pues no hay nada ni nadie que decida por ellas.

Asimismo, sucede en el plano psíquico, tantos deseos que se pueden rastrear, pero tantos otros que son destellantes, otros que son pasajeros y otros que se apuntalan. Deseos sin desearlos son aquellos movimientos psíquicos caóticos que algunos científicos buscan estructurar y esquematizar, inventando enfermedades, trastornos y complejos allí donde sólo hay un querer. En efecto, Freud intentó abordar la voluntad de Schopenhauer bajo una nueva lupa y la diseminó al punto de encontrar que en dicho querer se entrecruza un ello y un superyó que afecta, reiterativamente, al yo (etiquetado y estructurado). En efecto, el ello y el superyó son atemporales, no-tangibles, pero repercuten en el plano lógico, en el plano intelectual. El Yo es la víctima, pues él ya no estructura, él es estructurado. Sin embargo, Freud se mantuvo en el plano de enmascarar el Caos, pues allí donde sólo hay inconexión, el psicoanalista descubrió conexión, impacto y consecuencia. Es claro que internamente somos caóticos, pero Freud quiso organizarlo.

En últimas, el Yo, en sí mismo, es la mayor alteración del caos. Con el Yo se ha querido fundamentar la unidad, el orden, la estructura, la etiqueta, la individualidad, etc. Será ese famoso Yo el que olvida que en sí mismo es un complejo de luchas biológicas, psíquicas e incluso metafísicas. Hay un caos subyacente en todo, pero hay un deseo intelectual de olvidarlo, es decir, de ordenarlo.

  •  La lucha como metáfora del orden

Hasta el momento hemos reconocido que la mente tiene como función, organizar y etiquetar el mundo, en últimas, la mente conceptualiza: abstrae un orden de lo desordenado. Bajo esta función racional se nos presentó que el caos, desorden por antonomasia, se ha traducido como “lucha” con la intención de estructurar un poco lo que sea que allí “sucede” si es que sucede algo. La lucha es la manera como la mente reconoce que lo inconexo intenta conectarse, que lo carente de orden y lo inefable pueden ser “comprendidos” como ordenados y expresables. Se aceptó, además, que sólo Anaximandro reconoció en el Caos el ser, es decir, le dio validez ontológica. Los demás filósofos y poetas lo han intentado medir, catalogar y explicar. Pero al igual que Tales de Mileto, su impactó no fue su respuesta sino su pregunta, Anaximandro tiene la valía de haber establecido lo infinito, lo indefinible como arché. De allí surgieron unos filósofos que reconocieron que no hay ningún orden en la mesa, lo que subyace no es racional, ni intelectual, por el contrario, es caótico.

Estos filósofos han reconocido en la “lucha” lo subyacente de la realidad: Heráclito y Schopenhauer, por ejemplo, fueron pensadores que, reconociendo la base, la enmascararon para hacerla palpable. Al final de cuentas esa es la intención de la filosofía: aclarar y desvelar. No obstante, también la ciencia ha caído en la dinámica de explicar bajo la “lucha” el caos interno; el psicoanálisis fue un ejemplo. Desde esta perspectiva debemos aceptar, entonces, que la lucha está a la base y hasta ahí podemos llegar, puesto que superar la lucha es llegar al caos, pero entrar en él implica no poder salir de allí, no hay palabras, números ni símbolos que le representen y, de hacerlo, sólo sería bajo el paradigma de la lucha.

Por lo tanto, la “lucha” movimiento, devenir e inconexión no es una estructura estructurada-estructurante, a decir verdad, sólo es la metáfora para aceptar que subyace el caos, es decir, lo infinito, lo indefinible y lo incomprensible. El ser humano, mental y racional, están tentados, intelectualmente, por comprender, por definir y por finiquitar el mundo. Del orden al caos, sólo tenemos la “lucha” como claridad de la realidad. Es la lucha, entonces, la única máscara del caos.  

Por Carlos Santamaría

Pensador que con sus ensayos y errores intenta conocerse.

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