A pesar de los intentos filosóficos y científicos por desterrar la vieja idea de Dios del plano vital, dicha idea parece enraizarse cada vez más que se intenta arrancar. No busco, entonces, eliminar la idea, pero sí rociarle pesticida. Es claro que la idea de Dios es tan abstracta que hace siglos no se reconoce su contenido. Quizás el último que intuyó a Dios fue Spinoza quien aseguró que Dios y Naturaleza son lo mismo. No puedo jactarme de entender el pensamiento de este filósofo, pero sí logro comprender su intento por aportar contenido concreto a Dios, a la sustancia que existe por sí misma y cuyos atributos infinitos se expresan de modos infinitos.
Es curioso que para este filósofo conceptos como causa de sí, infinito, sustancia, etc., pasen a ser concretos cuando realmente superan cualquier campo empírico. Sin embargo, reitero, es de los pocos que logró intuir a Dios, incluso su ética es un intento por promover y motivar el ascenso cognoscitivo hacia Dios. No se trata de imaginar o pensar a Dios, se trata de intuirlo. ¿Se intuye lo abstracto?
La idea de Dios, en su abstracción, permite entender que el ser humano precisa de estímulos, no sólo concretos, sino que una idea tan compleja puede opacar o iluminar otras ideas, pero también puede ejercer presión en decisiones y deseos. Ideas como la raza, la patria, la riqueza, la apariencia, la salud, etc., son pruebas de la motivación abstracta que supone el hombre. Y aunque estas ideas tengan contenido empírico o, al menos, concreción plausible, la idea de Dios se lleva el primer puesto, ya que, sin entenderla, sin intuirla, sin concretarla; ella ejerce su hegemonía sobre las demás ideas arriba mencionadas.
Es por esto que expresaré mi sentir al respecto y lo haré desde la visión pascaliana, es decir, desde la apuesta a Dios como argumento de su existencia, más que real, ideal y, por lo tanto, como raíz, entre muchas, de la hegemonía de esta abstracción. Para esto traeré a colación el argumento de Pascal. Después generaré una contrapropuesta a dicha invitación pascaliana. Espero que este insecticida sea efectivo.
- Apuesta a Dios.
Pascal fue un pensador francés que vio en los ensayos de Montaigne una vía sincera y honesta. En efecto para este último filósofo la única vida que vale la pena es aquella que se cuestiona y se indaga. Montaigne reconoció que, como individuo concreto y circunstancial, su conocimiento es limitado, finito e inconstante, pues él mismo, como ser humano, comparte dichas características. Al parecer Pascal, aceptando a regañadientes esta naturaleza individual, la cual termina siendo la condición humana universal, ejecuta una lista de pensamientos con los cuales combate la imposibilidad de una certeza que, por pequeña que fuese, superara la inconstancia y la finitud.
Su certeza, sin embargo, más que una verdad universal es una propuesta pragmática y funcional. Es la típica y reconocida apuesta a Dios. Para Pascal, devoto por antonomasia, Dios no presenta concreción ni intuición empírica alguna; sin embargo, es una posibilidad abstracta que se puede aceptar como verdadera. Es decir, a pesar de no contar con las evidencias básicas para reconocer su existencia y su esencia, sí se puede generar un movimiento cognitivo y emocional para aceptar la máxima abstracción y correlacionarla como máxima concreción.
Dios, entendido teológicamente como dador de vida y, por lo tanto, como dador de vida eterna otorga dicho don sólo a aquellos a quienes cumplen con sus designios y leyes. Es a este Dios legal y moral, por el que apuesta Pascal.
El procedimiento es sencillo: o Dios existe o no existe. Es aquí donde la decisión no ha de caer en el azar, sino que ha de implicar una actitud existencial, una verdadera elección íntima que abarca la totalidad de la vida individual y, por lo tanto, la universalidad de la condición humana. Si se acepta que Dios existe se ha de vivir bajo sus designios con el objetivo de ganar la vida eterna. Habiendo aceptado esto, y dado el caso que Dios sí exista, la ganancia es clara y la pérdida minimizada, ya que las leyes divinas suelen ir en contra de la intuición empírica, es decir, de la concreción de la vida. Ahora bien, si se acepta que Dios no existe se vive bajo dinámicas individuales, pero, habiendo el caso que Dios exista realmente, se perdería la vida eterna: pérdida máxima para Pascal, pues para él vivir después de haber vivido esta vida individual sigue siendo una ganancia suprema.
Dos ideas que quisiera confrontar antes de pasar a la anti apuesta. La primera, las leyes divinas que van en contra de la intuición empírica. La segunda el optimismo vital de Pascal. Cuando hablo de las leyes de Dios, hago referencia tanto a los mandamientos bíblicos teológicos como a las miríadas de reglas religiosas que giran en torno a la máxima abstracción, las cuales suelen ir en contra de las intuiciones empíricas, esto es, de los estímulos y motivaciones reales que son presentados en el mundo de la vida. Esta mundanidad, vanidad en términos pascalianos, es la vida misma, es decir, es el haz de emociones, sentimientos, deseos, dolores y placeres. Ir en contra de ellos es el objetivo de la abstracción divina. Pareciera que lo empírico, específicamente el cuerpo, fuese un enemigo de alto valor militar o, mejor, teológico. En últimas, eliminar el rol corporal y/o abandonar lo concreto es reflejo de una buena vida, ya que entre más abstracto sea el actuar, más divino se torna el vivir.
Curiosamente de este vivir abstracto surge un amor por la vida inimaginable, incluso enfermizo. ¿Quién en su sano juicio considera que la vida es el plano de la plenitud? Y peor aún ¿quién en su sano juicio considera que una vida de desprecio a lo mundano, es decir, una vida abstracta es tan plena que vale la pena seguirla repitiendo después de morir? Aquí surge una paradoja inquietante: quien desprecia la vida concreta termina idealizándola al punto de querer eternizarla.
2. Anti apuesta a Dios.
El apostar por Dios, porque al final no hay perdida alguna, sea que él exista o no, es una acción heroica, ya que implica perderse a sí mismo, a su individualidad y su conexión vital concreta. Quizás es claro, para Pascal que, en cuanto a Dios, ni se gana ni se pierde, pero en cuanto a uno mismo la pérdida es abismal. Tanto que no es necesario abarcar abstracciones para permitir intuir dicha verdad. Sin embargo, la hegemonía de Dios en el plano de las ideas es sorpresivamente gigante. Así que reitero la necesidad de envenenarla para que poco a poco vaya cediendo.
La vida, misterio insondable, vínculo vinculado y vinculante de todo lo existente se le escapa a Dios, pues aquél que promueva la desvinculación vital, garantiza su irrealidad. En otras palabras, lo que atente contra la vida no puede ser considerado ontológica ni éticamente como existente, pues sólo lo que existe, vive. En efecto, la vida está en mi y en todo, pero sólo la capto, inmediatamente, en mi e, incluso, realmente en mi cuerpo, en mi yo concreto. Odiarme, es decir, amar mi parte inmortal rechazando lo vital o, en otras palabras, despreciar mi cuerpo y mis intuiciones empíricas es destruir el canal vital. Es por esto que el meollo del asunto está en ser yo vinculado y vinculante con lo vital, con el prójimo o, mejor, como lo expresa Haraway con el pariente multiespecie, es decir con el reinus vitae.
Nadie estará de acuerdo con el hecho de aniquilar la vida animal de inmediato para llevarlos a un reino de Dios, donde habitarán y “vivirán” por siempre, pero todos o la mayoría reconoce que ese Dios por el que apuesta pascal no es un Dios que apueste por nuestros parientes multiespecie. La apuesta de Dios sólo es humana, sólo se hace desde una racionalidad instrumental, quizás, pero sí pragmática. El centro está en desvincular lo vital con lo racional. Lo único interesante de esa apuesta es el desprecio a la vida amando a la Vida. El oxímoron se muestra por sí solo.
Ahora bien, la anti apuesta a Dios quiere mostrar las razones por las cuales la apuesta a Dios desprecia la vida:
- Desprecio al cuerpo: El cuerpo es el vínculo vinculado-vinculante con el planeta, con Gaia. En la actualidad pocos estarían dispuestos a odiar-se a rechazar el placer y olvidar su cuerpo. Sea por las razones que sean, sociales, superficiales, higiénicas, etc., el cuerpo se presenta como hito vital, él es punto de partida y punto de llegada. ¿Quién en su sano juicio desprecia el cuerpo, vinculo vital, para vivir tras la muerte del cuerpo? Apostar por Dios es renunciar a la vida misma.
- Desprecio a lo inmediato: Bajo el paradigma del pensamiento y la racionalidad se aborrece a lo inmediato, pues se ha de pensar antes de actuar. Sin embargo, es en lo inmediato donde el yo vital, circunstancial, se expone y se revela. No obstante, por mor a lo mediato e incluso a lo altamente abstracto se desprecia y se borra aquél yo vital, pues ha de sobrevivir y permanecer el yo racional. ¿Quién en su sano juicio desprecia lo inmediato -vinculante- para vivir como un ser aislado y desvinculado? Apostar por Dios es reconocer que el ser humano es el único garante de una vida abstracta que, realmente, no es vida alguna.
Además de muchos otros posibles desprecios, la apuesta pascaliana a Dios es una aberración vital, es un despreciar-se y una interpelación al no-vivir, pues la meta es la redención (vivir sin vivir). Sin embargo, me gustaría ampliar la categoría del no-vivir. Pues existe el no-vivir por el Yo y el no-vivir por el otro. Y es aquí donde radica el juego pascaliano, pues para él se ha de detestar la vida por Dios (otro hiper-abstracto), mientras que yo apostaría por lo que fuera, siempre y cuando, resalte el yo vital.
Para entenderlo, creo que la imagen del suicida ayudará, él consciente de sí (yo vital) apuesta por la muerte, porque siente que allí puede ser él mismo, a pesar de que la mayoría piense que él se mata por ser él mismo. Pero él apuesta por la muerte, porque no se siente él mismo, es decir, no logra vincularse. De acuerdo con esto vale la pena preguntarse ¿el suicidio desvincula de la vida? Ni siquiera este acto va en contra de la vida, como sí lo hace Dios, puesto que el suicida se mata porque ama la vida, sólo que no ha logrado vincularse con la que tiene, si tuviese otra, piensa él, podría vincularse plenamente. Por lo tanto, en estas circunstancias no es él y por eso se suicida; pero si tuviese otras circunstancias, es decir, otra dinámica de vinculación no lo haría. El suicida es un vitalista profundo.
Para terminar, esta figura del suicida es prueba fehaciente de la anti apuesta a Dios, pues sea lo que sea la única apuesta que vale la pena ejecutar es aquella que tiene como miras la vida, el vínculo vinculado y vinculante. Una apuesta de esta magnitud también implica intimidad y transformación, pues apostar por el vínculo es apostar por la totalidad de la realidad concreta, es decir, por todas aquellas intuiciones empíricas que diariamente experimentamos. Por último, no quisiera dejar de mencionar que dentro de estas concreciones se nos aparecieron nuestros parientes multiespecies como factores de la anti apuesta o, mejor, de la verdadera apuesta por la vida. Así, espero haber logrado derramar la cantidad necesaria de pesticida para aniquilar la abstracción y permitir que florezca la concreción.
